Desde mi comarca (Farriar) prefiero escribir la crónica cuando la memoria aún conserva frescos los detalles. El filtro del cronista es la memoria, la personal y la colectiva, también la escrita. Se perderá casi todo, claro, pero permanecerán las imágenes, los detalles más empecinados, esos que no pueden renunciar al recuerdo a pesar de la traición de la memoria.
El cronista recorre pueblos y caminos para dejar su mensaje, redimir una queja del alma, celebrar los hechos cotidianos. El cronista es allí un hombre doblado y atento vitalmente a sus circunstancias sociales e históricas, afirmado sobre la tierra, apocalíptico y profético, desafiante y heroico.
¿Cómo definir el Caribe? Definirlo es fácil, pero ¡qué difícil es describirlo! Es pueblo, pueblo, mi pueblo caribeño en su diversidad más contradictoria. En este Caribe hispánico, barroco, novelero e impresionable, el son exhibe en estas latitudes todo su carisma.
Ese escorial permanente que es la cultura hispánica y barroca se concreta en un ritmo musical: el son. La vida como sonido queda burlada del modo más ejemplar. “El son es lo más sublime para el alma divertir; se debiera de morir quien por bueno no lo estime”, así cantan las palmeras en las noches de luciérnagas en el Caribe.
Y recuerdo en esta comarca al genial compositor boricua Catalino “Tite” Curet Alonso, ese mulato de camisa playera y sombrero de guamo que ayer no más se nos fue con la severidad de sus músculos de muellero; la exaltación tropical del color crepuscular casi niega el oficio de su fisonomía enorme; pero en la pobreza la moda no es siempre emblema de la condición social.
¿O es que se compró esa camisa de palmeras y playas crepusculares para vestirse con la arcadia utópica de su borinquen bella? Pero es allí donde él exalta el rumbón callejero y sobre su camisa playera y musculosa aparece el amasijo de collares, los detentes de la santería que Elegguá, Obatalá, Yemayá, Changó, Oshun, Orula y Francisca Duarte, mi madrina, encomiendo mi espíritu y si todos los orishas permanecen conmigo en lengua yoruba, entonces no habrá nadie que pretenda joder.
En el contexto salsoso de “Así se compone un son”, se presenta precisamente como vía hacia los diversos planos de identidad, aunque la canción combine, como en mucha salsa, diversos ritmos, y predomine posteriormente, como en la mayoría, el ritmo de son o tumbao. En “Así se compone un son” se inicia con repiqueteo de bomba, que es en Puerto Rico la música identificada históricamente con la plantación esclavista y la población negra.
Las tradiciones musicales africanas, muy presentes de diversas formas en otros tipos de música en el país, aparecen en el son de una forma mucho más directa y evidente. Sin embargo, en esta canción, las cadencias y los toques son retrabajados: elaborados de tal forma que no resulta directa ni evidente su presencia.
El repique característico del bongó es una de las variantes del son. No en su plano percusivo original, sino a través de instrumentos melódicos, es decir, el ritmo se melodiza: se presenta melódicamente. Aparece primero en los instrumentos más graves —el bajo y los bajos del piano— y es luego reiterado entre los compases y los metales, evocando, de hecho, movimiento de timbre característico. La introducción instrumental en “Así se compone un son” es una especie de dedicatoria al bailador caribeño.
Ese bárbaro que llamamos ritmo ocupa un papel protagónico en las formas de expresión, y que Ismael Miranda, y su jaleo al cantar este son montuno, traslada la melodización de ritmos en la conformación histórica de un lenguaje musical puertorriqueño que ayuda a entender el significado de la etnicidad para nuestra cultura caribeña, tan es así, que Ismael Miranda relaciona este son con las variedades de comidas en cada rincón de nuestras costas, y la comida en esta tierra de gracia tiene similitud con el bailador, es decir, bailador y son dan como resultado un estribillo gastronómico como el sazón de mis abuelas Isabel Rojas y María Pía Oliveros de García, cuando preparaban en el fogón aquellas comidas con inspiración, música y tambor.
De esta forma, la retaguardia rítmica les da un sabrosón tumbao, y el coro soberanamente firme en un espacio de niebla acentúa el montuno para que los bailadores inventen sus nuevos pasos en el rumbón callejero de las esquinas, del barrio. Porque la salsa no es más que un sincretismo de tendencias musicales, en este Caribe hispánico, barroco, impresionable y novelero.
Pero la salsa es también un movimiento de la resistencia, y como todo movimiento de esa naturaleza, lleva en sí mismo el germen de la vida y de la libertad.¡Ecuajei! ¡Ecuajei! ¡Ecuajei! ¡Ecuajei! ¡Sacude, zapato viejo!
Leer también: Todo el cielo para Willie Colón




