Nunca antes su presencia y su temerario poder fueron tan evidentes y a la vez tan funestos, tornándose de huésped transitorio, controlable en otros tiempos, en hoy huésped dominante y arrebatador. Un gran número de quienes lograban controlarlo, los galenos, se marcharon a regañadientes; sus colegas, los que, aguantando la crisis, se quedaron, hacen hoy de tripas corazón para mantenerlo a raya; el dolor anda suelto y a sus anchas, lo acompañan la angustia y el sufrimiento.
Llegar a su hábitat es relativamente fácil; lo difícil es salir ileso. Su arribo ha roto todo protocolo, derribando barricadas y talanqueras por su manifiesta debilidad hallada a su paso. Una vez instalado, cuesta erradicarlo, siendo preciso ponerle un parado; hay que sacarlo del cuerpo antes de que te coma por dentro, pues si lo guardas, este se convierte en insomnio, ira, enfermedad o silencio que quema.
Ese dolor no se va por decir “estoy bien”; se mueve cuando se encuentra con el bienestar real en tiempo real. Hay que dejar de lado aquellas expresiones que infunden nostalgia como, “estoy cansado», es preferible, aunque su sonido no agrade, “estoy harto de sentir miedo todo el día, de sentir rabia, ese dolor que se atraganta en el pecho, la mandíbula, el estómago».
Afrontar el silencio del dolor requiere validar las emociones, romper el aislamiento y darle espacio seguro a lo que sientes. El dolor, a medida que se posiciona, tiende a relegarnos y aislarnos, por lo que es preciso compartir aquello que sientes con seres queridos o un profesional para disminuir así la carga emocional que te acompaña y deprime.
Hoy, la salud del cuerpo, del alma y del espíritu está de vacaciones, sin fecha de retorno; las dolencias y los males, paradójicamente, se han disparado y el dolor se ha radicalizado a todas sus anchas; sus propicias condiciones han sido el caldo de cultivo ideal para su crecimiento.
El dolor no para; sus tradicionales contrincantes, los medicamentos, los servicios médicos y sus asistentes, se han vuelto inalcanzables por sus elevados costos, amén de su pronunciada escasez, convirtiéndose estas condiciones en el combustible que, al avivar la llama del dolor, suma nuevos adeptos.
Hay un dolor lacerante que anda haciendo de las suyas, atiza las brasas del sufrimiento, el descontento y el rechazo provocando situaciones de riesgo. La partida no deseada también cargó con la salud, y en sus lomos los galenos hoy dispersos anhelan retornar a su familiar querido; el dolor los pide a gritos de vuelta a la patria… La migración forzada por desabastecimiento de medicamentos, el colapso de los servicios públicos y la violencia estructural ha generado cambios físicos y también cambios emocionales; a esta situación los expertos la han dado en llamar “duelo migratorio», condición que ha afectado tanto a los que se quedan como a los que se fueron.
Al hacer remembranzas entre el ayer y el hoy, hay que recordar que, a pesar del trauma y el choque cultural, la diáspora se ha constituido en una fuerza de supervivencia y reinvención.
El venezolano ha aprendido en estos largos años de migración a reconstruir su identidad sin olvidar sus raíces, transformando el dolor en un motor de avance; la distancia en el dolor favorece el vínculo como en su país, donde la esperanza de un reencuentro y un futuro mejor le mantiene vivo en cada paso que da en tierra extranjera.
Un hermoso pasaje descrito en la hermosa canción compuesta por Chelique Sarabia e interpretada por la inolvidable María Teresa Chacín nos pone en evidencia lo que somos; cuando enaltece y engrandece la patria amada al decir “en este país, mi país”, nos deja mudos de emoción y nostalgia al exaltar el gentilicio venezolano, celebrando el esfuerzo de sus ciudadanos, y el escucharla se torna un bálsamo para calmar y sobrellevar el dolor.




