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jueves, julio 23, 2026
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Humberto Peinado Vila…Dejar salir es entrar más rápido

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Un ave conocida como “correcaminos”, a quien la naturaleza, al impedirle volar por los aires, le compensó dándole fuerza y velocidad en sus patas al correr a ras del suelo, se convirtió en el depredador más feroz y el terror de las serpientes y hoy, el imitador humano ha querido rivalizar con ella al correr a cada instante, a toda prisa.

Grandes documentales y exitosas producciones cinematográficas han reseñado en sus libretos el tema de la prisa en procura de minimizar su negativo impacto, al mostrarnos pistas, señales y signos que, a menudo, al desarticularnos, nos provocan desasosiego, alterando el comportamiento y las emociones, minando la salud y provocando estados de estrés y ansiedad que adormecen nuestros sentidos y nos incapacitan laboralmente de una forma sutil y sobrecogedora, tornándose cada vez más persistente, condición que, no siendo deseada, se propaga al entorno familiar.

Cuando en la otra Venezuela, la de la calma emocional y la seguridad económica, la del sosiego, la paz y la tranquilidad, se inauguraba el Metro de Caracas por el ilustrísimo presidente Dr. Luis Herrera Campins, arribaba también con la monumental obra una expresión o un lema que, enmarcado en los espacios de las estaciones, se haría histórica por su significativa adopción.

«Dejar salir es entrar más rápido»; la prisa había encontrado un ejemplarizante contendiente y guía emocional que influiría notablemente en el comportamiento habitual y por demás saludable del usuario y particularmente del caraqueño de entonces, al cambiar vidas y aminorar la prisa por la vida.

La prisa por tener más, por andar y por llegar más lejos nos ha desarticulado de tal manera que, al expandirse, reprime y reduce muchas placenteras emociones. Esa impaciencia, ese apresuramiento crónico con la sensación de que “el tiempo no alcanza» y que hay que apresurarse, está causando serios estragos en el bienestar físico y mental del ciudadano común.

Cuando vas acelerado, no te das cuenta de lo que pasa frente a ti, pierdes la innata capacidad de contemplar, de avizorar; no oyes a tus hijos contarte algo porque estás pensando en la cola de la mañana para echar combustible, para abastecerte de alimentos, o ves a tu pareja; la prisa te jala.
En crisis como la que afrontamos, cada cual empuja, empuja para entrar primero; se diluye aquel noble principio del Metro de Caracas en sus inicios de dejar salir. Es entrar más rápido, y esto se traduce en colas más largas, discusiones, desconfianza; la prisa convierte al vecino en competencia, no en compañero.

En Venezuela no podemos aún parar la crisis, pero sí podemos decidir no dejar que la prisa nos robe la calma mañana, para hablarnos, abrazarnos y recordar por qué aguantamos. Aquí, la prisa no te mata de golpe, te carcome el alma a gotas hasta que olvidas por qué corres, pero si en casa aprendemos a dejar salir al otro primero, a escuchar, a mirar, a respirar, tal vez descubramos que entrar más rápido no es correr más, sino detenernos juntos un momento, momento que bien vale la espera.

En un país que nos obliga a correr para sobrevivir, salvar el alma es atreverse a dejar salir al otro primero y descubrir que así entramos todos más rápido. La prisa en Venezuela no es solo tener muchas cosas que hacer,, es un estado mental que se nutre de cosas, no te da placer, te da la ilusión de control y por eso cuesta tanto soltarla.

Algunos opinan que la prisa sumerge al mundo en un túnel de un solo canal: si yo acelero, llego antes; si tú estorbas, te quito. De modo que salir primero es entender que el tiempo que “pierdes” cediendo, lo ganas evitando el cuello de botella que tú mismo creaste.

Leer también: La verdadera buena vecindad

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