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jueves, septiembre 10, 2026
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Raimond Gutiérrez….Más allá del petróleo: el rescatede la ciudadanía en Venezuela

El concreto, el asfalto y el petróleo poseen una propiedad engañosa: pueden maquillar temporalmente la decadencia de una sociedad. Es posible inaugurar autopistas kilométricas, levantar edificios que desafíen el cielo y tapizar de hormigón cada rincón de la geografía nacional; sin embargo, si quienes transitan esas vías o habitan esas estructuras no saben convivir, la nación irremediablemente se degrada. Se reduce, entonces, a una casa grande repleta de gente que no logra aprender a convivir.

Este planteamiento no surge de un mero lamento nostálgico, sino de un diagnóstico crudo y certero sobre la raíz de la crisis estructural que atraviesa Venezuela. La fuerza de un país no se mide en barriles de crudo, sino en la estatura ética de sus ciudadanos. Y esa cualidad, lamentablemente, se dejó de cultivar en las aulas de nuestras escuelas y liceos.

Bajo esta perspectiva, debemos mirar el pasado no con la melancolía estéril del que añora el ayer, sino con la agudeza estratégica del que busca rescatar las herramientas que demostraron su eficacia. Es preciso evocar con exactitud aquellos tiempos en los que las escuelas y liceos venezolanos no eran meros depósitos de estudiantes, sino verdaderos centros de desarrollo integral.

Eran espacios dotados de laboratorios científicos y, por encima de todo, articulados por una asignatura transversal que moldeaba el espíritu republicano: Formación Scial, Moral y Cívica. Aquella materia no consistía en memorizar fechas patrias ni en repetir mecánicamente las estrofas del Himno Nacional durante actos protocolares. Era el escenario vivo donde se comprendía que la democracia y la convivencia son contratos sociales prácticos que se ejecutan en el día a día.

Al eliminarse o desdibujarse ese eje formativo, la educación venezolana sufrió una amputación de su propósito más noble: enseñaros a vivir con los demás. Por consiguiente, urge desmitificar ese concepto de “éxito” educativo basado únicamente en las calificaciones o en la acumulación de títulos académicos.

La escolaridad formal contemporánea ha priorizado el saber técnico –aprender a leer, escribir y calcular–, descuidando por completo la formación del ser. Una sociedad requiere profesionales competentes, sin duda, pero de nada sirven si carecen de honradez. Bien lo advertía el Libertador Simón Bolívar en su célebre discurso ante el Congreso de Angostura en 1819: “El talento sin probidad es un azote”.

Necesitamos ciudadanos capaces de descifrar las necesidades de su entorno; hombres y mujeres que posean la misma vehemencia para reclamar sus derechos que para asumir y cumplir sus deberes. Cuando la escuela olvida esta premisa, el semillero republicano se seca. Lo que queda es una estela de edificaciones escolares desiertas o en ruinas, que ya no albergan el bullicio de una sociedad viva, sino el silencio de un abandono institucional y moral.

Ahora bien, la ciudadanía debe construirse desde los actos cotidianos más sencillos, despojándola de discursos abstractos. Un niño que aprende a respetar la palabra de su compañero en el aula está internalizando los valores democráticos fundamentales. Un joven que cuida su pupitre, el jardín de su institución o el parque de su comunidad comprende de manera orgánica el concepto de lo público: asimila que esos espacios pertenecen a todos y que, por ende, nadie puede utilizarlos a su libre antojo.

La verdadera conciencia cívica es aquella que se ejerce por convicción, sin la mirada vigilante de un uniformado que amenace con una sanción. Es, en esencia, la autorregulación del individuo en favor del bienestar colectivo, del bien común. No obstante, resulta ineludible advertir un peligro sistémico: la ciudadanía se aprende, principalmente, a través del ejemplo. Existe un daño profundo cuando las instancias del poder se convierten en un lodazal de inmoralidad, corrupción e intolerancia.

Si las autoridades dedicadas a resguardar el orden recurren al soborno y a la transgresión, esas prácticas aberrantes terminan por normalizarse en el tejido social. El ciudadano común, al presenciar la impunidad de sus líderes, corre el riesgo de claudicar en sus principios para convertirse en parte activa de una sociedad de cómplices. Metafóricamente, este fenómeno es más devastador que un tumor metastásico en un cuerpo que alguna vez lució sano. No se puede exigir honestidad a una generación si el ecosistema público premia la viveza criolla y castiga el mérito.

Frente a este complejo panorama, la propuesta final emerge como una pequeña pero potente luz de esperanza: la solución no provendrá de grandes decretos gubernamentales ni de promesas políticas vacías; nacerá desde los pequeños núcleos de resistencia ética: la familia, la escuela y el trabajo.

Cada uno de estos espacios debe transformarse en una trinchera que rescate el valor del mérito, promueva el diálogo frente a la violencia y erradique la irresponsabilidad que lamentablemente se ha vuelto costumbre. La conciencia ciudadana es exactamente como la tierra del conuco: no produce frutos por germinación espontánea; requiere ser sembrada con paciencia, regada con el ejemplo diario y blindada con celo frente a las plagas de la corrupción.

Es, por lo tanto, imperativo e impostergable restituir la Formación Social, Moral y Cívica en nuestro sistema educativo. Debemos asumir la reconstrucción del país desde su base más humana, entendiendo que el ciudadano vale muchísimo más que un simple voto en una urna electoral o que un barril de petróleo. Es hora de reabrir los talleres de ciudadanía en cada escuela. Escuchemos el sabio susurro de nuestra amada tierra y atrevámonos, como sociedad, a volver a sembrar ciudadanía. Es necesario y muy urgente que así sea, por la gracia y bondad de Dios.

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