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martes, septiembre 8, 2026
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Luis Tesorero…La mentira, herramienta necesaria para la construcción de la sociedad

Cualquier sociedad moderna, nueva, con capacidad para crecer, desarrollarse, potencialmente sana en la mayoría de las ocasiones, tiene sus raíces profundamente insertas en el campo de las mentiras. Partiendo desde allí, se puede deducir que la mentira no parece ser en sí misma un mal; todo reside en la intención de su uso, porque con prudencia, discreción, buena voluntad y sensatez, lo que parece imposible se convierte en posible y bueno.

El uso de expresiones, palabras y acciones que van en contra de lo que se sabe como verdadero, la mentira, se puede utilizar para fingir, engañar, aparentar, persuadir o evitar situaciones desagradables, obtener un beneficio para quien es sujeto de los efectos de la mentira y, en caso contrario, como base para causar daño, físico, moral o tomar ventaja sobre la persona a quien es dicha. Parece un invento del inicuo, pero también existen las mentiras piadosas o benevolentes que llegan para evitar dolor, que se desarrollen situaciones desagradables o dañinas e incluso para proporcionar, crear y sostener un bien posible y hasta superior.

Si la mentira tiene una función noble como la de formar ciudadanos leales y, en consecuencia, sociedades, es entonces una herramienta política necesaria para evitar el caos y crear el sentido de país; con mentiras creíbles se explican a satisfacción las diferencias económicas y sus consecuencias, así como la movilidad o inamovilidad social.

Friedrich Nietzsche afirma que la verdad es un sistema de mentiras inventadas para facilitar la convivencia en sociedad y disminuir la incomodidad del pueblo que debe soportar las amarguras de la vida; algo así como la mamá que dice a su bebé, con dulce voz, sonrisa fingida y poco convencida de sus propias palabras: «Comete esta rica falsedad política que te hará más fuerte y sano».

Para lograr la estabilidad social y política, el que gobierna debe inventar mentiras creíbles que expliquen el porqué de la realidad social de sus ciudadanos y la necesidad de un gobierno como el que tienen; como dijo Maquiavelo, el gobernante debe dominar la apariencia y el engaño cuando la verdad pondría en riesgo la estabilidad del régimen.

Los que rechazan la mentira como necesaria dicen que por naturaleza es fea, dañina, corrompe la confianza y que un estado construido sobre la ficción no puede ser justo; es por nacimiento corrupta y trata a sus ciudadanos como mentecatos, incapaces de soportar el peso de la realidad, así como lo es el idiota que teme al trueno y a su hermano el rayo.

Esos mismos que rechazan la existencia de mentiras buenas o necesarias y que consideran válido desobedecer a un gobierno que se construye sobre el engaño y la falsedad, porque mentir viola la dignidad humana, y por la misma razón el contrato social es nulo; son capaces de mentir para sostener su propia narrativa en nombre de la justicia.

Sin la verdad, valores morales como libertad, fraternidad o igualdad no tienen fuerza normativa real, no sirven para impulsar el progreso y desarrollar derechos que de verdad generen igualdad y beneficien a todos los ciudadanos.

Sin el imperio de la verdad, solo quedan mentiras para la discusión política y esta debe ser debatida en los espacios legislativos, por dura que sea, porque la ciudadanía tiene derecho a escoger qué parte de la verdad soportar y no dejar ese trabajo a una élite que se apropió del ejercicio de escoger cuáles mentiras creer y cuáles las verdades que se deben esconder. El ciudadano moderno quiere y exige la verdad dura y palpable. Incluso si es molesta.

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