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viernes, septiembre 4, 2026
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Cuarto Oscuro…Problemas y posturas

*Acuerdo petrolero: Celebro el acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela: 17 campos que por fin dejan de ser decoración. Entenderlo es fácil. Venezuela es una finca 80 % baldía; el 20 % restante produce mal, con mano de obra insuficiente y equipos canibalizados o inútiles. Podemos ufanarnos de tener la mayor finca de la región, pero sin ponerla a producir solo vendemos potencialidad: un lote con signo de promesa que exige inversiones, personal, tecnología y maquinaria para que allí crezca, aunque sea un ají. Nuestro petróleo es pesado y extrapesado; justamente el que más inversión requiere para sacarlo del subsuelo. Criticar, hasta desconociendo los pormenores, que esa potencialidad se vuelva productividad es paradójico: preferimos el sueño de la finca al sudor de la cosecha. Mientras otros países explotan lo poco que tienen, nosotros custodiamos lo mucho que no usamos. La soberanía no se defiende con discursos, sino con pozos que trabajen.

*Elecciones mágicas: Persiste un sector radical de la oposición que pide elecciones como panacea universal, sin explicar cómo garantizar institucionalidad, transparencia y operatividad en un proceso nacional. No se trata de negar que las preferencias políticas se traduzcan en votos, sino de asumir que este llamado, inamovible durante 27 años y perdiendo condiciones y equilibrio, no ha producido nada positivo para la población. Son los mismos promotores que oscilan entre abstención y participación de forma indiferente e inexplicable, sin asumir jamás la responsabilidad de sus errores estratégicos. Ahora arremeten contra el acuerdo petrolero con Estados Unidos con más ímpetu que cuando murmuraban, entre dientes, sobre la injerencia china, iraní, rusa o cubana; aquello no les impidió concurrir una y otra vez a las urnas. Esto no es política: es politiquería de la más tradicional. Exigen comicios limpios en un país desecho, como pedir peras al olmo. Quieren ganar elecciones, pero nunca asumen las condiciones para perderlas.

*Fanatismo bueno: Conversar con un fanático opositor es igual que con un fanático oficialista. Sus razones son tan frágiles que solo se sostienen en la repetición, la simplificación bipolar y la descalificación de toda postura contraria, muy al estilo Goebbels. He sostenido el daño increíble que ese fanatismo cuasi religioso nos hizo como sociedad desde 1999. Que pasados 27 años se siga usando el mismo mecanismo de cohesión, ahora como respuesta al oficialismo, no solo genera ruido: genera temor. Son los mismos golpes de pecho, la misma omnipotencia, las mismas velas, la misma infalibilidad, la misma ausencia de plan y el mismo dogma de la creencia, esta vez de color azul. Eso se llama no aprender la lección. Cambiaron de santo, pero mantienen la misma procesión ciega. El fanatismo no ideologiza: embrutece, y eso nos condena a repetir la historia.

*Gestiones: La permanencia o no de los actuales gobernantes municipales dependerá exclusivamente de gestiones efectivas y de nivel. Los mantras y la cohesión partidista no bastarán frente a una población harta de discursos que ubican responsabilidades en factores externos y etéreos. Cambiar bombillas y pintar canchas no pueden ser banderas de gestión mientras hay poblaciones sin agua, electricidad, asfalto o cloacas. Seguimos hablando de los mismos problemas que hace 50 años eran promesas de campaña presidencial. También hay que combatir la ridiculez del snob: me refiero al alcalde de Chacao, que gastó más de 20.000 dólares en dos juguetes tipo perros robot, de escasa calidad y sin función de vigilancia autónoma, solo para decir que era el primer municipio robotizado. Entre robo y robot solo hay una letra de diferencia. Mientras el país se hunde, algunos juegan a ser futuristas con presupuesto del pasado. La gente no quiere robots: quiere agua que salga del grifo.

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