Cuando Pilatos preguntó a Jesús: “¿Tú eres rey?”, Cristo contestó: “¡Tú lo has dicho, yo soy rey, para esto he nacido y para esto he venido al mundo!”. El teólogo Rafael Fernández, autor del libro: “María hoy”, ha escrito: “Ahora María tiene parte en ese reinado de Cristo que no es de este mundo, es decir, que no se rige por las normas y modalidades de esta Tierra”.
María, a semejanza de Cristo, primogénito de toda criatura, nació para ser reina, como Cristo, y en dependencia suya es reina por un triple título, por lo que ella es en sí misma. María es la obra maestra del Dios creador. “Orgullo de nuestra raza y gloria de Jerusalén”, la nombra con júbilo la liturgia.
Ella es reina; además, porque fue humilde como ninguna otra criatura y en su humildad mereció ser exaltada. Padeció junto a Cristo al pie de la cruz en obediencia y fidelidad heroica a la voluntad del Padre. Por eso Dios la ensalzó con Cristo y es asunta en los cielos con cuerpo y alma, y puede reinar eternamente con él, como primicia de la Iglesia triunfante.
María es reina por su ser y porque conquistó junto a la cruz el derecho de reinar; pero también es reina porque la Iglesia la elige y proclama: ¡Soberana y señora! Reconociendo con gratitud el don de Dios. Y el título que le otorgó es: ¡Ser madre y reina de misericordia! Pues su poder es de amor. Es el poder que se goza en servir, es ser el canal de la infinita misericordia del Padre Dios, que llega hasta nosotros en su ternura y cuidado maternal.
En dependencia del Señor, María tiene el derecho de intervenir en la vida de la Iglesia, de ahí que cuando rezamos “El Padre Nuestro”, implorando: ¡Venga a nosotros tu reino! Lo hacemos en íntima unión con María y en la conducción de su historia. Ella no impone su señorío y, como lo hizo en las Bodas de Caná, con bondad indica: ¡Haced lo que él os diga!
El padre José Kentenich, fundador del Movimiento Apostólico de Schoenstatt (Movimiento Mariano), nos habla en este mismo sentido: “De una entrega instrumental en manos de la Santísima Virgen María”, valiéndose de la imagen del instrumento para expresar la actitud apostólica del Hijo de María.
El instrumento, para ser eficaz, necesita estar unido a quien lo utiliza; por eso nosotros, como personas libres y autónomas, nos ponemos a su disposición o nos negamos. Ahora, entregarse en las sabias y poderosas manos de María trae exigencias. Requiere desligarse de ataduras, pobreza espiritual, renuncia a sí mismo. Ser instrumento de María exige una entrega total a sus deseos, dispuestos a la lucha y a la conquista.
El padre José Kentenich expresó: «Esta actitud en una oración escrita en el campo de concentración de Dachau». En ella le dice a María: «¡Toma el corazón y la voluntad, te pertenecen por completo ciegamente, quieren doblegarse a tus indicaciones y a tu palabra. Ser total posesión tuya, es para el instrumento, su honra y su gloria. Mándanos sufrimientos, guíanos a la lucha, dejanos ganar la victoria plena. Contra las argucias y la saña del demonio, años luz, templa nuestro espíritu! La unión y dependencia instrumental de María Reina nos lleva a identificarnos espiritualmente con María y a asemejarnos a ella.
La oración continúa: «Aseméjanos a ti y enséñanos a caminar por la vida tal como tú lo hiciste: fuerte y digna, sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría. En nosotros recorre nuestro tiempo, preparándolo para Cristo Jesús”.
De esta manera, el apóstol e instrumento de María goza de una profunda seguridad y paz interior, porque se sabe en buenas manos y, a la vez, puede contar con una gran fecundidad apostólica.
La obra que le ha sido encomendada lo supera, pero para realizarla cuenta con la fuerza y victoria que el Señor ha regalado a la medianera de todas las gracias y madre de la Iglesia.
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