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miércoles, agosto 19, 2026
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Ismael Montoya…El camino angosto

En esa época, el Señor Jesús caminaba con sus discípulos hacia Jerusalén; entonces, uno de sus discípulos le preguntó: —Señor, ¿son pocos los que se salvarán? Jesús no le contestó directamente y solo les dijo: —¡Esforzaos para entrar por la Puerta Estrecha, porque muchos, os digo, intentarán entrar, pero no podrán! San Mateo nos dejó una exclamación del Señor: ¡Qué angosta es la puerta y qué estrecho es el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que caminan por ella!

Queridos amigos: la vida es como un camino que termina en Dios; es un camino corto. Lo que importa es que al llegar se nos abra la puerta y podamos entrar. Caminamos peregrinos hacia la consumación de la historia humana. El Señor dijo: «¡Vengo presto y conmigo la recompensa, para dar a cada uno según sus obras!» (Apoc. 22, 12-13).

Amigos, hay dos caminos, dos actitudes en la vida: 1) Buscar lo más cómodo y placentero, regalar el cuerpo y huir del sacrificio y la penitencia; y 2) Buscar la voluntad de DIOS, aunque cueste, y tener los sentidos guardados y el cuerpo sujeto. Vivir como peregrinos que llevan lo justo y se entretienen poco en las cosas porque van de paso, o quedar anclados en la comodidad, el placer y los bienes temporales utilizados como fines y no como medios.

Un camino conduce al cielo, el otro a la perdición, y son muchos los que andan por él. Con frecuencia nos hemos de preguntar: ¿Dónde caminamos nosotros y a dónde vamos?, ¿Vamos directamente al cielo, aunque no falten derrotas?, ¿Es el camino angosto por el que andamos?, ¿Vivimos la templanza y la mortificación con pequeños sacrificios, pero reales?, ¿A dónde vamos nosotros?, ¿Cuál es realmente el fin de nuestros actos? ¡Si miramos las cosas, no como pura teoría, sino con referencia a la vida, quizás sea posible entenderlo mejor!

Si un estudiante se matricula en Filología Románica, lo que de verdad desea ser es filólogo y no médico u otro fin. Y es así porque cuando se quiere algo, hay que elegir los medios adecuados. Si uno desea ir a su propio hogar y elige deliberadamente el camino que conduce a la casa de su enemigo, sin duda ese camino está equivocado; y si alguien le pregunta: «¿Por qué va por ahí?», seguramente dirá: “Ese camino es más cómodo”, y su decisión no incluirá el fin, sino el medio.

Ahora bien, el hombre tiende a ir por el camino ancho, prefiere una puerta ancha que no conduce al cielo y, con frecuencia, elige cosas sin regla ni templanza. El camino que nos señala Jesús es alegre, pero está lleno de cruz, sacrificio, templanza y mortificación: «¡Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz cada día y me siga. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto!».

Es necesaria la templanza en esta vida para poder entrar en la otra vida. Se nos pide a los cristianos estar desprendidos de los bienes que tenemos —usamos o no—, prescindir de lo inútil y hacer mortificación. No podemos ser como esos hombres que parecen guiarse por la economía, de tal forma que casi toda su vida personal y social está teñida de cierto espíritu materialista. Ponen sus medios materiales como fin de sus vidas, piensan que su felicidad está en eso y se llenan de ansiedad por adquirirlos, olvidando que su vida es un camino a Dios.

Solo eso: «Estad vigilantes —nos previene el Señor—, no sea que se emboten vuestros corazones por la embriaguez y las preocupaciones de la vida. Tened ceñidos vuestros lomos, encendidas las lámparas y sed como hombres que esperan a su amo de vuelta de las bodas».

En el camino ancho, la falta de mortificación hace que las gracias que Dios nos da queden agotadas y sin frutos. Ocurre como con la semilla caída entre espinas: se ahoga a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres, y no llega a dar fruto. La sobriedad, por el contrario, facilita el trato con Dios, pues con el cuerpo pesado y harto de mantenimiento, muy mal aparejado está el ánimo para volar a lo alto.

¿Estamos nosotros en el camino bueno, el del sacrificio y la penitencia, el de la alegría y la entrega a los demás?, ¿Luchamos con obras contra los deseos de comodidad que nos acechan?
En medio de un ambiente materialista, la templanza es de gran eficacia apostólica. Es uno de los ejemplos más atrayentes de la vida cristiana. Dondequiera que nos encontremos, debemos esforzarnos para dar siempre ese ejemplo, que se manifestará con sencillez en nuestras actitudes. Para muchos, la ejemplaridad de un cristiano ha sido el comienzo de un verdadero encuentro con el Señor. Una vida sobria es una vida mortificada y alegre.

La mortificación la encontramos en cosas pequeñas que nos mantienen el cuerpo sujeto a la razón y ayudan al alma para las cosas de Dios, que llevan al control de la imaginación y de la memoria, alejando pensamientos inútiles o inconvenientes, y del uso de la lengua, evitando la frivolidad.

El camino angosto pasa por todas las actividades del cristiano, desde la comodidad del hogar hasta el uso de los instrumentos de trabajo, del descanso, del deporte y otros quehaceres. El camino angosto es seguro y amable, y la cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el cual reina Cristo, y a su lado está María, nuestra madre tres veces admirable, que nos ayudará a seguir con decisión los pasos de su hijo.

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