La comunidad se está reencontrando, se está reacomodando y va al encuentro de los vecinos “invisibles» que ya se incorporan a la vecindad. Esos vecinos que por décadas estuvieron aislados, esclavizados y encadenados por la soberbia, la altivez y el orgullo, están saliendo, están saludando, ya hacen parte activa de la comunidad que los alberga.
Los acontecimientos sísmicos de reciente acontecer los han liberado; ya sienten y aprecian la valiosa cercanía de sus vecinos. Han comprendido que se puede estar juntos sin ser iguales bajo el principio de que en la comunidad nosotros elegimos a nuestros vecinos, pero sí elegimos qué tipo de comunidad construimos. La naturaleza indómita ha golpeado duro, seguido y con fuerza; subsiguientes manifestaciones, al cerrar las brechas abiertas, están buscando un reacomodamiento hasta lograr su estabilización, logrando el mismo efecto en nuestras vidas.
Profundas reflexiones harán que surja un nuevo venezolano más consciente, más humano, más comprometido con sus semejantes y más unido que nunca en un pueblo aguerrido y luchador que hoy sabrá reponerse. Cuando todo se derrumbó, lo único que quedó en pie fue la solidaridad, siendo el verdadero organismo de rescate la vecindad, y he aquí que el protagonista no tiene título, tiene corazón y lleva el apellido del pueblo.
Además, el buen vecino no espera órdenes, ni camionetas, ni chalecos, no espera micrófonos; agudiza sus oídos, sus sentidos, y del otro lado llegan los gritos, se contagian del dolor. Ese es el buen vecino, el que acude al llamado y al clamor de su comunidad; ellos no preguntan de qué partido eres, ni en qué piso vives, simplemente acuden y proceden como bien les dicta su conciencia, entendiendo y comprendiendo a la vez que la seguridad de su casa empieza en la puerta de al lado, y que si al niño de la otra cuadra le pasa algo, a él también le duele.
Un buen vecino no se mide por la cerca que divide los patios, sino por las manos que cruzan esa línea cuando hace falta. Esas son las manos que tocan la puerta para arrimar un plato más a la mesa para el que asoma de improviso; son las manos que cuidan tus plantas cuando te vas de viaje, son las manos que arruman en la mudanza sin que tú lo pidas, y en los tiempos donde las dolencias te postran, son las manos que cuidan de tus mascotas, son las manos que aplauden tus logros como si fueran propios, son las manos que abrazan cuando las palabras enmudecen.
Un respaldo a esos buenos deseos de sana convivencia lo encontramos “sin querer queriendo» en los vibrantes, simpáticos y ejemplarizantes episodios que nos dejó el mexicano Enrique Bolaños con su personaje de El Chavo, casi que encriptados, mensajes plenos de buen comportamiento, dignos de imitar; destacándose entre ellos la solidaridad tantas veces convidada cuando ante la escasez y a pesar de no tener dinero, los personajes comparten lo poco que tienen, desde un plato de comida hasta un juguete, y luego el perdón y el dialogo mencionados por Don Ramón al afirmar que “la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena», cuyas líneas nos enseñan jocosamente a resolver conflictos dando prioridad a la paz y disculpándo las ofensas.
Recobremos lo bueno de la vecindad: en la vecindad de hoy, ya no hay ricos ni pobres, no hay raros ni normales, solo hay gente que ríe, gente que se equivoca, que necesita ayuda y que también puede darla.
Saludar no cuesta nada y escuchar tampoco, y en un escenario muy común, si un día el de al lado no tiene, sepas que aquí estamos; esa es la buena vecindad, no ignorarnos, porque una comunidad donde nadie sobra es una comunidad donde todos viven mejor.
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