Llegar a la posición de gobierno y de poder en una sociedad democrática es relativamente fácil, porque ganarse el voto del pueblo puede ser producto de una elección consciente o resultado del éxito en un concurso de popularidad, y eso no importa, pues una de las virtudes de las democracias clásicas es la alternabilidad en el poder, por lo que la sustitución oportuna de un mal gobernante o de quien no sea del agrado de los votantes sí es posible en este sistema.
El problema surge cuando la persona o el partido que llega al poder o al gobierno deja crecer la idea de que su llegada se debe prolongar tanto como sea posible, o mejor aún, que dure indefinidamente y que sus efectos e imagen se conserven a lo largo del tiempo.
Los argumentos esgrimidos para justificar esa traición al principio democrático de la alternabilidad, consagrado en la Constitución de 1961, es un razonamiento que parece lógico; la voz del pueblo es la voz de Dios, y si Dios ha hecho posible que ese individuo o partido llegue al poder es porque esa es su voluntad.
En consecuencia, quienes están en contra de una decisión divina son parte de las hordas del oscuro, militantes del mal y, en consecuencia, debe ser neutralizados por las fuerzas del bien que, en consecuencia, deben reinar, mínimo, cien años, para que su obra se perpetúe sobre la tierra y en la memoria de las generaciones hasta el fin de los tiempos.
La justificación más terrenal y política es siempre la misma, que el país necesita continuidad, que no hay otro líder capaz, que la situación requiere permanecer para evitar crisis o todas ellas en un solo paquete.
También existe quien lo hace en razón de la supervivencia de sus convicciones ideológicas, las que considera perfectas e inmutables, que requieren del poder y de mucho tiempo para su aplicación, transformar la sociedad, cumplir promesas y defender el modelo de país que consideran necesario.
En el caso de los partidos políticos emergentes, de ideas novedosas o pensamiento radical, la permanencia en el poder es necesaria para su supervivencia política; si no se tiene, se queda sin capacidad de actuar y puede ser desplazado o perjudicado por oponentes.
La verdadera razón para que un político y su entorno partidista se eternicen en el poder son los privilegios sociales y económicos que atrae la capacidad de influir en decisiones que pueden beneficiar al entorno económico de amigos y familiares.
Por supuesto, están también los intereses más personales y egocéntricos como la búsqueda del protagonismo, el respeto público y la trascendencia histórica; dicho de otra forma, el poder es una forma de validación personal que el político requiere para el logro de sus metas particulares, incluyendo la curación de sus traumas infantiles y el total de sus deseos del ego; y para todo eso no basta un periodo presidencial.
Lo cierto es que la permanencia en el poder es la carta de triunfo de quienes temen perder el poder acumulado, la influencia política y social cosechada, y su mayor temor es perder el control de las redes de aliados, de las estructuras institucionales y leyes que los respaldan; con ello tratan de evitar su exposición en juicios, investigaciones o pérdida de privilegios, por lo que ven su continuidad en el poder como manto de protección.
La permanencia indefinida rompe el equilibrio democrático, concentra el poder, reduce la rendición de cuentas y termina inevitablemente en autoritarismo, en el mejor de los casos, o en una dictadura, en cualquiera de sus versiones.
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