En Venezuela, hasta la tierra tiembla al ritmo de la narrativa. Los terremotos del 24 de junio no solo abrieron grietas en el suelo, sino también en la ya erosionada relación del país con la verdad. Porque aquí, incluso en medio del desastre, la realidad no se observa: se fabrica, se edita y, cuando conviene, se impone.
La ventana de Overton —ese marco de lo que una sociedad considera aceptable— ya no se desplaza con sutileza: se empuja con descaro. Gobierno y oposición han perfeccionado el arte de torcerla hasta hacer digerible lo absurdo y defendible lo inverosímil. Ya no se trata de interpretar los hechos, sino de monopolizar su significado.
Desde el poder, la fórmula es conocida y persistente. Años de censura, de asfixia a medios independientes y de propaganda sistemática han producido una consecuencia inevitable: la incredulidad estructural. Hoy, incluso cuando el Gobierno pudiera estar diciendo verdades, su palabra llega desgastada, contaminada por su propio historial. Pero en lugar de corregir, redobla la apuesta: insiste en una narrativa única, cerrada, impermeable a cualquier cuestionamiento.
Sin embargo, donde la deriva se vuelve más cínica es en la conducta de la oposición. Lejos de erigirse como alternativa ética o informativa, ha optado por competir en el terreno de la manipulación, pero con un agravante: el oportunismo descarnado. La tragedia no es un límite, sino una oportunidad. No importa si ayer era impensable afirmar que los mayores aliados del Gobierno son “los gringos”, ni si hoy se eleva a la categoría de mártir a un supuesto rescatista comunitario que terminó detenido por saqueo. Lo importante es que el relato funcione, que exacerbe emociones, que alimente la indignación, que avive el descontento.
La oposición, especialmente en la narrativa impulsada por María Corina Machado, ha llevado esta lógica a un punto peligroso: vender su eventual llegada como una solución casi redentora, una especie de atajo milagroso en medio del caos. No es política: es mercadeo emocional y mesianismo vulgar. Y en ese proceso, no duda en tensar el clima social, en amplificar el descontento sin medir consecuencias, en jugar con una frustración colectiva que puede desbordarse.
En este entorno, la verdad es apenas materia prima. Se recorta, se distorsiona, se reutiliza. Videos fuera de contexto, audios eliminados para ocultar su origen real, imágenes recicladas que se presentan como evidencia fresca. Y, en paralelo, el terreno fértil para lo irracional: teorías sobre el HAARP, conspiraciones satelitales, explicaciones místicas o culturales que encuentran eco porque encajan con la necesidad de creer en algo, cualquier cosa.
La manipulación no es una desviación: es la norma. Gobierno y oposición no buscan esclarecer, sino dominar la percepción. Ambos construyen “verdades” cerradas, excluyentes, donde disentir es casi una traición. Pero mientras el Gobierno lo hace desde el poder, la oposición lo hace desde la irresponsabilidad, sin el peso de gobernar, pero con la misma vocación de imponer.
El resultado es una ciudadanía atrapada en una guerra de relatos, donde lo verdadero y lo falso se mezclan sin jerarquía y donde la saturación informativa no aclara, sino que confunde. La ventana de Overton ya no define lo aceptable: legitima lo útil para cada bando.
Y en ese escenario, el mayor daño no es solo la mentira puntual, sino la degradación del criterio colectivo. Porque cuando todo puede ser manipulado y cualquier versión puede imponerse con suficiente insistencia, la verdad no desaparece: pierde valor. Se vuelve prescindible, intercambiable, irrelevante frente a la conveniencia.
Frente a eso, la única defensa posible sigue siendo difícil y severa: pensar, dudar, verificar. No para caer en el cinismo absoluto, sino para resistir la tentación de creer solo aquello que confirma nuestras propias certezas. Porque en un país donde todos quieren tener razón, lo verdaderamente rebelde empieza por buscarla.
Hay algo más inquietante que la maquinaria de manipulación del poder oficialista y de la oposición: la docilidad con la que la incorporamos a nuestra rutina. No es solo que nos mientan; es que hemos normalizado la mentira hasta convertirla en herramienta, en reflejo, en forma de pertenencia. La repetimos, la defendemos y, cuando conviene, la hacemos propia sin demasiada resistencia. Por ello, nunca dejaré de recalcar la plaga de fanatismo que nos viene consumiendo por años.
En Venezuela, la distorsión de la realidad ya no depende únicamente de aparatos propagandísticos. Se ejecuta en lo cotidiano: reenviar sin leer, compartir sin verificar, opinar sin entender, inclusive hacer análisis que al oído puedan parecer razonables, cuando son entera basura. Ese gesto automático es, en el fondo, un acto político. Pero preferimos ignorarlo. Es más cómodo asumirse manipulado que admitir que también se manipula.
Se insiste en la saturación informativa, pero el problema es más profundo. No hay exceso de información, sino un sistema que la sustituye por ruido: versiones cruzadas, medias verdades y estímulos diseñados para anular el juicio. Informarse exige esfuerzo, método, disciplina. Y ese esfuerzo ha sido desplazado por la inmediatez, por la necesidad de reaccionar antes que comprender. No es una falla: es un diseño. Durante años se ha debilitado la capacidad de análisis hasta imponer la reacción como norma. Se premia lo inmediato, se castiga la duda, se ridiculiza la complejidad. En ese terreno, la verdad estorba. Obliga a detenerse, a contrastar, a pensar; todo lo que este entorno evita porque reduce su eficacia.
De allí surge una complicidad activa. No hace falta una orden para difundir falsedades; basta con que confirmen prejuicios o alimenten emociones o creencias. El sesgo sustituye al criterio. Si favorece una causa, se comparte; si la contradice, se descarta. Lo que se erosiona no es solo el equilibrio: es la honestidad intelectual, cada vez más prescindible.
Lo más incómodo es que nadie queda fuera. No es solo el poder o la dirigencia: es toda la sociedad. Comunicadores que no verifican, líderes que simplifican, ciudadanos que amplifican. Y mientras más convencidos están de tener razón, menos dispuestos están a revisarla. La certeza se convierte en blindaje contra la realidad. Por eso es insuficiente señalar la manipulación como algo externo. También ocurre en cada decisión de no verificar, en cada impulso de opinar sin base, en cada silencio frente a lo dudoso. La propaganda no solo se impone: se reproduce desde abajo, con disciplina casi automática.
El ciudadano venezolano vive rodeado de contenido, pero sin referencias confiables. No es una contradicción, es una estrategia. La confusión constante diluye el criterio. Cuando todo parece meritorio —o igualmente falso—, la verdad deja de ser un punto de llegada y se convierte en una opción más.
En ese entorno, la ignorancia deja de ser una carencia para convertirse en un resultado inducido. No es solo no saber, sino dejar de exigir saber. Aceptar versiones sin sustento, desconfiar según la conveniencia, ajustar la realidad a lo que se quiere creer. El cinismo surge como refugio: “todo es mentira”. Pero esa postura también es funcional. Una sociedad que no cree en nada es incapaz de sostener nada. Y en ese vacío, cualquier relato suficientemente insistente termina imponiéndose sin resistencia real.
Si hay resistencia posible, no está en discursos grandilocuentes, sino en la conducta individual: verificar antes de compartir, sostener la duda, no amplificar lo que no se entiende. Son actos mínimos, pero profundamente disruptivos en un entorno que premia la superficialidad. Porque la manipulación no se sostiene solo desde arriba, sino desde cada ciudadano que renuncia a pensar. Y mientras el problema siga siendo “otros”, el mecanismo seguirá intacto. No por su fuerza, sino por nuestra disposición —consciente o no— a sostenerlo.
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