Se alegra la mujer que pare su primer hijo varón, lo amamanta y lo acaricia con mucha dedicación. El amor de ella comienza en su propia gestación; reúne miles de sueños dentro de su corazón. ¿Qué nombre le colocaremos cuando haga su aparición? Será el nombre de su padre, que se llama Juan Ramón, aunque me gustan Jesús, Pedro o Salomón.
Hay que esperar a que él nazca; el nombre saldrá en familia después de una reunión. «Si sale chingo, no importa, con tal de que tenga respiración y que Dios nos dé facilidad para darle con cariño una buena educación», eso dijo una dama, saliendo del pabellón en el hospital donde parió, en Coro, la capital de Falcón. Ella nació en Cumarebo y tiene años en Morón.
El padre de la criatura es un señor bejucón; se le notaba una duda sobre el muchacho en cuestión, preguntándose a cada momento usando la imaginación: «¿Será mío el muchachito o de un zángano cachón? Por la frente, toda mi familia es frentona y yo también soy frentón; por mi cabello bachaco me dicen pelo e’ chicharrón. Si sale catire y hermoso, tendré una gran decepción, porque soy feo como el hambre y negro como el carbón, perro viejo late echao».
Dijo el sabio Salomón: «No se puede comparar un ñame con un melón, la yuca con el aguacate o un tomate con un limón porque, en resumidas cuentas, no hay ni aproximación, o pretender que una moto es más fuerte que un camión, que una chicha de maíz sabe a jugo de melón; quien pisa una concha de mango puede darse un resbalón, cada guapazo consigue que lo lleven a prisión, la horma de su zapato o que lo manden al cajón.
En la justicia terrenal y la justicia de arriba, las cosas son como son; es mejor vivir tranquilo sin ninguna pretensión; vale más la sencillez que un presumido y hechón. Hay casos y cosas en la vida que jamás se llegan a borrar, y en este orden diferente algo quiero señalar, y por tratarse de mí mismo, de antemano me quisiera disculpar.
En este caso estoy construyendo mi propia historia y aquí les va, y viene después de haber pasado por varias fuentes de trabajo. En mi época joven me tocó recibir un cargo nacional, en un plantel que tenía por nombre Escuela Artesanal; dicho cargo lo desempeñaba uno de mis hermanos (evangélicos), que por enfermedad le tocó abandonar. Eso ocurrió en 1960, con su primer director y fundador Ramón José Viloria (tachirense), quien fue removido a Caracas, a recibir un cargo superior.
Luego envían para que lo reemplazara al profesor José Zabaleta, un hijo de Güigüe, del estado Carabobo, quien para mí llegó a constituirse en un gran personaje en el tiempo que duró en nuestra entidad, ya que fue nombrado como supervisor del Ministerio de Educación; estaba residenciado en Maracaibo, estado Zulia.
En su estadía en nuestro Yaracuy, fue un gran colaborador en algunas instituciones, tales como el Cuerpo de Bomberos y la Asociación de Scout, entre otras. Pero lo más importante en cuanto a mí respecta, fue cuando un buen día me llama a la dirección a través de la secretaria, en este momento Acosta de Olivero; mientras que yo todo asustado atendí el llamado pensando que se trataba de un reclamo, y resulta que fue para preguntarme que si tenía familiares en Caracas donde poder llegar y quedarme, le respondí que sí, y después que cuántas vacaciones tenía vencidas, le dije que tres, lo que me respondió que pidiera dos que me las iba a cancelar de inmediato, y así fue.
Llegué a Caracas, gracias a Dios, y a esa iniciativa propuesta por ese incomparable jefe José Zabaleta, ya que coincidimos en encontrarnos mi hermano Juan y yo, al recibir un equipo de mantenimiento como jefe en Malariología, y yo en busca de trabajo, y así se produjo el milagro, ya que el puesto de ayudante de él quedó vacante y me colocaron para que yo lo ocupara, y gracias a mi Dios y a la recomendación de tan apreciado amigo, con ese nuevo trabajo logré recorrer todo el país cumpliendo con mi trabajo y dándome a conocer con la música, y pude grabar disco, presentaciones en radio y TV en Caracas.
Recuerdo que canté con muchos conjuntos criollos en radio y TV, y en diferentes estados de Venezuela. Por eso, como dice el adagio, nunca es tarde cuando el momento de cumplir nos llega; por eso me ha motivado mucho la idea de enviar este reconocimiento público a tan valioso personaje para mí, como lo es José Zabaleta, quien aún vive en Maracaibo, con 81 años en su cédula de identidad. Que Dios le siga dando más vida y salud, al igual que para toda la familia, con muchísimas bendiciones. Amén.
Para finalizar, mil gracias a todos nuestros seguidores que a diario me preguntaban por mis Lorenzadas, después de unas merecidas vacaciones de mi muy apreciada amiga Gloria, aquí salimos de nuevo. Gracias a todos.
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