En un torneo donde las piezas parecían respirar, Nayandu y Chinolo se encontraron por primera vez. Él, con voz cargada de destino, le dijo: «Desde que te estaba buscando». Ella, con calma como quien conoce los secretos del tiempo, respondió: «Desde que te estaba esperando».
Nayandu no era solo una princesa, era la guardiana del ajedrez, hija de la tierra, de las aguas del lago Tacarigua, de piel indígena, de melena azabache que corre como río nocturno hasta sus caderas. Sus ojos achinados contenían la sabiduría de generaciones, y su figura alta y esbelta parecía tallada por los dioses.
Chinolo había recorrido todo el territorio nacional buscándola, siempre llegando tarde, siempre perdiendo la oportunidad de encontrarla. Pero aquella noche, el destino lo alcanzó.
“Ella me distrajo un viernes con la corona de dama tatuada en su ombligo. Dejé de mirar el tablero ajedrezado para perderme en ella. Dicen que el ajedrez jamás se abandona… yo lo dejaría para soñarla a ella». Ella sonrió y dijo: «Mentiroso».
El alfil, que solía recorrer caminos diagonales, abandonó su destino de piezas para recorrer su piel de oro, canela y miel. En ese instante, el ajedrez se transformó en un poema escrito, donde cada movimiento era un suspiro y cada estrategia, una caricia.

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