Han salido, como en tantas otras similares ocasiones, desde todos los rincones de la golpeada y adolorida patria, pero aún siguen de pie; nada ha doblegado su espíritu, ni postrado su cuerpo, mientras unas manos se entrecruzan, otras se abren y se alargan a la búsqueda de la vida que aún late y se escucha cuando el ruido entra en silencio, y otras manos excavan con premura los escombros en busca de la vida, y en ese lapso, el silencio emite voces con un SOS debilitado y sin fuerzas, y mientras unas manos se paralizan por el temor, el miedo y el horror de la tragedia, otras se yerguen y extienden para apresar la vida.
Muchas manos llegan al encuentro, a la búsqueda. Entre los retorcidos escombros, algunos a pie, otros en moto, van en tortuosas caravanas; llevan vituallas, alimentos, agua, frazadas, medicamentos, llevan lo que el momento apremia. Es la solidaridad que avanza indetenible; viene de aquí, de allá y de todo el mundo. ¡El aplauso a su paso se vuelve un eco retumbante!
El sismo no es novedad, ya ha golpeado en dos ocasiones, ha golpeado duro y profundo. Hace más de dos siglos, después del terremoto que destruyó la Caracas de 1812, Simón Bolívar escribía desde su exilio en Curazao una frase que hoy vuelve a hacer hoguera y se esculpe en las llamas del dolor de sus gentes que no se doblegan ante los golpes de la naturaleza, y que busca fortalecer el alma y el espíritu para afrontar las penas y el sufrimiento ante la tragedia sísmica.
Y en aquellos momentos tan devastadores y ante la magnitud de lo acontecido, Bolívar, el gran Libertador respondió: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, y eh aquí, de forma manifiesta la grandeza del héroe, siendo posible que en aquel entonces hiciese referencia a un sismo y a quienes usaban la tragedia para provocar la rendición de la república a tal punto que, los realistas argumentaron que el suceso era un “castigo divino» para quienes se oponían a sus designios de dominación.
Hoy, el terremoto que recién acaba de ocurrir, que golpeó y destrozó buena parte de Caracas, y con más contundencia y devastación a La Guaira, la de la vaguada, movió no solo la tierra, movió también los cimientos de la vida, estremeció la salud en sus menguados servicios, la minusválida alimentación, y pese a las ausencias, el pueblo, el bravo pueblo golpeado y adolorido como nunca antes, ha seguido el glorioso ejemplo de nuestro Libertador, traducido en el grito usado por él tantas veces para alentar a sus tropas a “no desfallecer nunca».
E sa expresión, el luchar “contra ella”, en un lenguaje coloquial, luchar no es contra la naturaleza, sino contra el abandono, contra el hambre, contra la idea que atosiga el cuerpo y el alma de pensar que estamos solos ¡y no estamos solos¡, los hechos así lo demuestran, cómo lo diría el gran novelista y ufólogo ya desaparecido Erick Von Dani ken al señalar que en el Universo no estamos solos, que existen otros seres, otros mundos aparte del propio que habitamos.
En sus expresiones, Bolívar no hablaba de meras placas tectónicas, hablaba de no dejar que el miedo, el abandono y el desastre decidieran el destino de un pueblo, y esas dos réplicas sísmicas no harán cambiar la voluntad de un país dispuesto a sobrevivir pese a las circunstancias adversas que hoy lo postran y a la vez lo estimulan a erguirse, lo redimen y le regresan su majestad perdida.
Hoy vemos cómo aparecen las ollas comunitarias, los vecinos que comparten la arepa, las comunidades en las esquinas, la iglesia de siempre abriendo sus puertas para, con la colecta, atizar el fuego para que hierva la papa, la diáspora que envía sus dólares para suplir ausencias y necesidades y la solidaridad que deja de ser caridad para convertirse en un sistema de supervivencia.
Y mientras haya una mano que reparta arepas, un médico, una enfermera que atienda sin paga y una comunidad que se organiza, habrá un país que se niega a desaparecer telúricamente.
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