* Trump y su alianza: A muchos venezolanos les escandaliza —con una mezcla curiosa de ira, ingenuidad, cálculo y oportunismo— la supuesta alianza de Donald Trump con quienes, en la práctica, concentran el poder real en Venezuela: los hermanos Rodríguez, Delcy y Jorge. Sin embargo, lo que se presenta como traición o perjurio por parte de Trump para algunos no es más que política en estado puro: se negocia con quien decide, no con quien aspira o declama desde la notable irrelevancia.
La negociación no es un concurso de simpatías ni un tribunal moral, sino un ejercicio de poder donde importan los actores capaces de ceder, resistir o imponer condiciones concretas. Pretender lo contrario equivale a sustituir la realidad por una fábula reconfortante donde los correctos dialogan entre sí mientras los hechos, imperturbables, avanzan sin pedir permiso ni disculpas, y así no es.
No se trata de legitimar ni de excluir —esa es la trampa retórica favorita de los indignados—, sino de comprender una lógica previa a cualquier juicio ético: la de los intereses. El caso sudafricano, tan citado aquí como mal entendido, lo ilustra con nitidez.
Frederik de Klerk comprendió que el apartheid era insostenible; Nelson Mandela, al salir de prisión, entendió que la revancha era un lujo que su país no podía permitirse sin destruirse. Ambos optaron por una transacción histórica: compartir poder en condiciones imperfectas para evitar el colapso total. No hubo pureza ideológica ni gestos heroicos, sino cálculo político, pragmatismo y responsabilidad histórica. Que ambos compartieran el Nobel de la Paz debería bastar para quienes aún buscan héroes inmaculados en escenarios donde solo existen actores racionales.
Si Venezuela no ha alcanzado ese nivel de polarización, cabe preguntarse —sin complacencias— por qué su oposición insiste en errores más propios de la épica sentimental que de la estrategia eficaz y sostenida.
* Fan Fest: El término designa esos espacios donde la pasión colectiva se celebra, se extiende y, con inquietante frecuencia, se desborda. Pero el fanatismo, incluso en su versión más festiva y aparentemente inofensiva, implica una renuncia parcial —y a veces total— al juicio crítico. Los disturbios en París tras la victoria del PSG lo evidencian con crudeza: la euforia convertida en licencia para la destrucción, como si el triunfo deportivo otorgara una breve suspensión de la civilidad y del sentido común.
El fanático religioso lleva esa lógica a un terreno más delicado: no solo celebra, también condena. Convencido de poseer la verdad, juzga la conducta ajena como desviación moral y llega a interpretar tragedias como castigos divinos, como si manejara información privilegiada de lo trascendente y contara, además, con una curiosa inmunidad selectiva frente al desastre.
El fanatismo político, sin embargo, es el más peligroso porque convierte la realidad en un campo de batalla simbólico permanente donde cada hecho se ajusta, sin pudor, a la conveniencia del momento. En Venezuela, la reciente tragedia nacional —que exigía sobriedad, rigor y respeto— ha servido, paradójicamente, para intensificar ese fervor. El dolor se transforma en consigna, y la emoción en herramienta de movilización.
Surgen relatos que rozan lo inverosímil, como el narrado por María Corina Machado: una madre, en plena zona de desastre, encontrando el tiempo y la serenidad para enviar un mensaje personal en medio del dolor de ver escombros sobre su hijo.
La escena, más cercana al melodrama que a la realidad, recuerda episodios que antes estimulaban escepticismo y hoy parecen casi ingenuos frente a la sofisticación del relato. Esta deriva revela cuán fácil es sustituir hechos por emoción cuando la audiencia está dispuesta a amparar su creencia. En ese terreno, la política deja de ser estrategia para convertirse, cada vez más, en un guion inescrupulosamente dramatizado para hacerlo eficaz, aunque finalmente peligroso.
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