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viernes, julio 10, 2026
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Enroque al Día…El diario de una ajedrecista

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Ella dejó olvidado en la sala de juego sus reliquias, sus maquillajes, un hermoso ajedrez de bolsillo y su cuaderno de anotaciones de partidas, desde las más antiguas hasta las más modernas; los análisis de sus partidas, algunas escritas en labial rojo carmín, otras con hilillo de su sangre y lágrimas.

Los mejores diagramas de posiciones estaban dibujados en carboncillo y aprovechaba el blanco de la hoja para diferenciar las casillas del tablero; el dibujo muy bien trabajado de un viejo reloj de ajedrez de agujas con las palabras escritas del lado derecho (antiguo) y del lado izquierdo (moderno). Junto al reloj, el dibujo de un baúl con candado con una flechita apuntando a la palabra escrita «secretos».

La joven era una maestra ajedrecista, hija de la diosa del juego y un aficionado jugador y pensante. Desde muy temprana edad destacó por su talento y destreza: jugadora táctica, letal con la danza de sus alfiles y la artillería pesada de sus torres. Su juego era mágico, al igual que su nombre; era una mujer hermosa de elegante andar, de cutis fino y delicado… pero detrás de esa fina porcelana habitaba una profunda tristeza. 

El cuaderno fue encontrado esa misma noche por Gabriel, un persistente periodista deportivo que buscaba una entrevista exclusiva. Al hojearlo en la soledad de la sala, no vio simples análisis técnicos; vio un misterio oculto en tinta, labial y sangre. En el dibujo del viejo reloj de agujas, Gabriel notó un detalle: la aguja del lado «antiguo» corría en sentido contrario a las manecillas ordinarias, devorando el pasado. 

La mujer tenía más de 100 años, pero su piel seguía intacta, luciendo como una joven de 25.  Ese era el regalo de su madre divina, pero para ella se había convertido en una condena. Había visto envejecer y morir a su padre, a sus amantes y a sus amigos, quedando siempre sola en un mundo que marchaba hacia el frente. 

Para ocultar su secreto, cada tres décadas debía borrar su rastro, cambiar de identidad, mudarse de país y volver a ganar el título de maestra desde cero, una y otra vez, bajo diferentes apellidos. Su mayor deseo no era la gloria eterna, era ser una mujer normal y tener el derecho de envejecer.

Obsesionado con el misterio, Gabriel pasó meses enteros descifrando los mensajes del baúl dibujado con la flecha de los «secretos». No eran jugadas de ajedrez, sino las coordenadas de una existencia atrapada en un espejismo temporal. El periodista comprendió la magia simétrica de aquella herencia divina.

Se conmovió por el sufrimiento de la jugadora, tomó su bolígrafo y en la última página del diario reordenó las letras del nombre con el que ella competía. Escribió el nombre real de la ajedrecista al derecho, revelando el verdadero orden del tiempo.

Pasó un año entero en su búsqueda. La jugadora se había esfumado de los circuitos oficiales, pero Gabriel no se rindió hasta  encontrarla en una pequeña plaza de otra ciudad, sentada frente a un tablero público, mirando al infinito con la elegancia melancólica de siempre.»Olvidaste esto hace algún tiempo», dijo Gabriel, extendiéndole el cuaderno.

Ella lo recibió con sorpresa y una mirada de reproche, temiendo que sus secretos hubieran sido profanados. Abrió la libreta y la hojeó rápidamente hasta llegar a la última página; vio lo que el periodista había escrito de su propio puño y letra. Gabriel había tomado el nombre con el que la conoció, «Dynna Airam», y lo había invertido por completo para romper el candado del baúl.

Al leer su verdadero nombre, Annyd Maria, en voz alta, el hechizo del reloj invertido se rompió. Una calidez desconocida recorrió sus manos. Miró el reflejo de sus dedos en el barniz del tablero y notó, con una sonrisa llena de alivio y lágrimas, la primera línea de expresión naciendo en su piel; los años de su vida comenzaban a ser normales. El tiempo, al igual que su nombre, había recuperado su curso natural.

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