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martes, junio 9, 2026
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Solicitar más fe

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Nuestro Señor Jescucristo se acercó a un lugar donde estaban sus Apóstoles esperándolo, un señor con su hijo enfermo, y una gran muchedumbre, la cual al ver a Jesús se alegraron y corrieron a saludarlo.

El Señor se adelantó y le dijo a Jesús: Maestro te he traído a mi hijo que tiene un espíritu inmundo, ¡Pedí a tus Discípulos que lo liberaran, pero no han podido lograrlo! Los Apóstoles habían realizado algunos Milagros en nombre de Jesús, intentaron curar al hijo de este Señor, pero lamentablemente sin éxito. Luego ya en casa, .Ntro. Señor les explicó que cosa les faltó: «El padre de este niño tiene una fe deficiente, aunque tiene fe para acudir en busca de curación, pero no es una fe plena con la confianza que Jesús nos pide, dar un paso más.»

Este hombre se dirigió a Cristo con humildad, pero vacilante: ¡Si algo puedes, ayúdanos, ahora compadecido de nosotros! Entonces Jesús le dijo al padre del niño: ¡Si tú puedes creer, todo es posible para el que cree! (Mc 9, 22) omnipotente, pero con fe. Ese hombre siente que su fe vacila y teme que esa escasez impida que su hijo recobre su salud y llora: Que no nos de tristeza este llanto, es fruto del amor de Dios. Entonces el padre del muchacho exclamó: ¡Oh Señor Jesús yo creo: ayuda tú mi incredulidad!

La fe es un don divino, solo Dios la puede infundir más y más en el alma.

Si en alguna ocasión nuestra fe vacila ante el apostolado, las dificultades….o se torna insegura la fe de nuestros hermanos, hijos, amigos…imitemos a este buen padre: En primer lugar pide más fe. Pero a la vez, crecer en ella depende de nosotros mismos. Abrir los ojos nos comenta San Juan Crisóstomo: Escuchar atentamente es obra divina y humana, debemos imitar a este hombre en su humildad, no tiene méritos propios que presentar, por eso acude a Jesús: ¡Ayúdanos, ten compasión de nosotros! Éste es el camino seguro: Que debe seguir toda petición: Acudir a la Compasión y misericordia divinas. Si la semilla de la Gracia no prosperó, se debió exclusivamente a que no encontró la tierra preparada: ¡Señor auméntame la fe! ¡No permitamos que jamás vacile mi confianza en Dios!

¿Qué vieron en Jesús todas esas personas con que ellos se cruzaron en los caminos y aldeas? ¿Vieron lo que sus sentidos les permitieron ver? ¿Qué hubiera pasado si ellos hubieran visto a Jesús con los ojos de su madre María? ¡Qué inmensidad tan grande! Y ¡qué incapacidad o pequeñez de esos fariseos que tenían enredadas sus cabezas con eso de la Ley!, que no pudieron descubrir ni ver al Mesías con los milagros de Jesús: Permanecieron ciegos ante la luz del mundo. Y su ciencia de las escrituras santas tampoco les sirvió para captar todo lo dicho por los profetas. Sus obras eran torcidas y no amaban a Dios.

El señor Jesús les había dicho: ¡¡Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado!! ¡Quien desea hacer la voluntad de él, conocerá si mi doctrina es de Dios o mía! Ellos no buscaron el honor de Dios sino el suyo propio. Ni siquiera los milagros pudieron sustituir las necesarias disposiciones interiores. La razón del rechazo del Mesías, tanto tiempo esperado, consiste en que no tenían a Dios como padre, sino que lo sustituyeron por el demonio, porque sus obras, sus sentimientos y sus intenciones no eran buenos.

Dios se deja ver por quienes tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos, pero algunos los tienen cubiertos de tiniebla y no son capaces de ver la luz del sol. ¡Cómo habremos de cuidar la frecuente «confesión» de nuestras faltas y pecados, porque este sacramento nos limpia y nos dispone para ver al hombre llevado por sus prejuicios o instigado por sus pasiones! No solo podrá negar la evidencia que tiene delante, sino resistir y rechazar también las superiores inspiraciones que Dios infunde en sus almas.

Si falta el deseo de creer y hacer la voluntad de Dios en todo, cueste lo que cueste, no aceptará ni siquiera lo que es evidente. La confesión sincera y contrita se presenta así como el gran medio para encontrar el camino de la fe. Cuando una persona limpia su corazón, ha preparado el terreno para que la semilla de la fe y la generosidad crezcan en su alma y den frutos. Hacemos un inmenso bien a las almas cuando ayudamos a que se acerquen al sacramento del perdón.

Ahora bien: Pesaba en el ánimo de los discípulos ese fracaso, de no haber logrado curar al joven lunático, y ya en casa le preguntaron a Jesús: ¿Por qué no hemos podido expulsar al demonio?


El Señor les dio una respuesta de gran utilidad también para nosotros: El señor les dijo: ¡¡Esta raza de demonios no puede ser expulsada por ningún medio, sino por la Oración!!

San Beda: Enseña a los apóstoles cómo expulsar demonios, nos indica cómo hemos de vivir y cómo la oración es el medio para superar las peores tentaciones.

La oración no solo son palabras que invocan la Misericordia Divina, sino también lo que ofrecemos al Señor, como obsequio movidos por la fe.

Acompañemos la oración con las buenas obras o un trabajo bien realizado con el empeño de hacer mejor la mejora del amigo, actitud que abre camino al aumento de la fe en el alma. En la intimidad del diálogo personal con Dios que abre corazones e inteligencia. (Hech 16. 14)

Pidamos al Señor que nos aumente la fe cuando los frutos tardan en llegar, ante los defectos propios o de quienes nos rodean y que no se superan. ¡Señor! Auméntanos la fe, pedían a los apóstoles, cuando a pesar de orar y ver al mismo Cristo, sentían flaquear su confianza. Jesús siempre ayuda.

¡¡Señor!! No me dejes solo con mis fuerzas, que nada puedo! ¡¡Señor, yo creo!! ¡Me eduqué en tu fe y decidí seguirte de cerca! ¡Pero ayúdame a creer más y mejor!

Y también dirigimos esta plegaria a Santa María, madre de Dios y madre nuestra: ¡Bienaventurada tú que has creído! ¡Porque se cumplirán las cosas que se te han anunciado de parte del Señor! (Lc 1, 45)

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