Existen culturas superiores a las cuales nos apegamos los hijos de Dios. Unos sirven a dioses extraños; otros, como los israelitas, mezclan el culto al Dios verdadero con cultos idolátricos. Permanezcamos total y únicamente fieles al Dios verdadero, nos enseña el Salmo 15.
Preguntamos: “Oh HaShem, ¿quién habitará en tu Tabernáculo?, ¿quién residirá en el monte de tu santidad? El mismo salmo nos responde: “El que anda en integridad, y obra justicia, y habla verdad en su corazón. El que no revolvió con su lengua, ni hizo mal a su prójimo, ni levantó vergüenza contra su prójimo. Aquel a cuyos ojos es menospreciado el vil; más honra a los que temen a HaShem; juró en daño suyo, y no mudó. Quien su dinero no dio a usura, ni contra el inocente tomó cohecho. El que hace estas cosas no resbalará para siempre” (Sal:15).
El salmo 15 establece reglas morales; ayuda a examinar todos los actos de las personas y a superar los procedimientos pasados; facilita el pago de una deuda, principalmente si el cobro es indebido o los intereses exagerados; protege de la mala lengua o del soborno. Sirve para curarnos de melancolía, depresión y locura y para eliminar un demonio.
Cuando somos bautizados, (con creencia o no) renunciamos a todo para servir al único Dios verdadero y, si con fe creemos, renovaremos siempre nuestro compromiso bautismal. Quienes profesan la religión reconocerán a Dios no solo como una posesión valiosa, sino como el cuidador absoluto de su destino. “El Señor es el lote de mi heredad” (Sal 16).
Pedro, el día de Pentecostés, evoca la vida de Jesús: no siguió dioses extraños ni cedió cuando se trataba del amor al Padre. Por eso, el Padre no dejó a su fiel conocer la corrupción del sepulcro, sino que le enseñó el sendero de la vida y le sació de gozo en su presencia (cf. Hch 2,25-28).
Si oramos con la liturgia cristiana, descansaremos: “Protégenos, Señor Jesús, que nos refugiamos en ti, y lleva a plenitud en nosotros tu designio de vida y de salvación; concédenos que, iluminados con el gozo de tu resurrección, encontremos, un día, en tu presencia, con todos los santos, la alegría perpetua, por los siglos de los siglos. Amén.
“Señor, Dios nuestro, que, en tus inescrutables designios, diste a tu Hijo en heredad la copa de una muerte amarguísima, pero no dejaste a tu fiel conocer la corrupción, sino que le enseñaste el sendero de la vida, haz que también nosotros busquemos solamente en ti nuestra heredad y podamos por ello gozar, en el día de la resurrección universal, de alegría perpetua a tu derecha. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén. Internalizando los Salmos 15 y 122, cantamos: “Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor”.
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