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miércoles, julio 22, 2026
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Luis Tesorero…Un país sin héroes

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En otros países del mundo, se les da el título de héroe del pueblo; y según los diccionarios, es una persona admirada por realizar hazañas extraordinarias, valientes y abnegadas en beneficio de los demás o de una causa noble, siendo ejemplo para los niños; porque han demostrado capacidades artísticas, de inteligencia e ingenio fuera de lo común que han puesto al servicio de la humanidad o arriesgando su vida en actos que están más allá de la línea del deber y eventualmente haciendo entrega de ella para que otras personas tuvieran alivio de los males que les causan dolor y sufrimiento, o mejor aún, para que siguieran viviendo.

Los héroes no son los que viven en el corazón de las quinceañeras, en los cómics, en novelas o la mitología; los verdaderos nos rodean en el día a día y son seres humanos comunes y corrientes que en las mañanas toman café, abordan el transporte público, no tienen padres que son dioses mitológicos o con poder y, por supuesto, ellos carecen por completo de superpoderes.

Otros lugares del mundo reconocen su labor otorgándoles una condecoración oficial, una medalla de honor especial y dándoles títulos como héroe del pueblo o de caballero en su nación, todo en medio de celebración y discursos que enaltecen la labor de una persona desconocida para asegurar que quienes realicen un sacrificio por sus semejantes no serán olvidados con facilidad y más bien serán recordados por mucho tiempo.

En nuestro país, los últimos condecorados y llamados héroes por las autoridades fueron todos militares, y eso ocurrió en la época de la independencia, y por ello sus imágenes están en estatuas en plazas y sus nombres son dados a escuelas y avenidas de las ciudades, pero eso sí, solo militares de alto rango, nunca a un soldado raso o un cuadro medio; ellos son sistemáticamente olvidados sin importar sus acciones.

Eso es tan cierto que en la actualidad a quienes realizan actos heroicos, en el mejor de los casos, se les reconoce solo el honor por sus acciones con un diploma y un “pin” genérico comprado en una casa de artículos deportivos.

Y resulta que reconocer a un verdadero héroe no es difícil; son personas que por un momento se separan de su mundo cotidiano impulsados por los valores morales que poseen y en los que creen.
Los políticos no pueden reconocer la existencia de héroes, porque hacerlo es mostrarse de acuerdo con que existen ciudadanos que son mejores que ellos por tan solo una ocasión, que existen soldados más patriotas que un general, que ocurren personas a los que en ayudar al prójimo se les va la vida, que existen vecinos de barrio que son ejemplo para otros ciudadanos.

Mientras que se condecora a generales que no van a la guerra y a políticos que no hacen más que política, los verdaderos héroes, los ciudadanos comunes, son ignorados o se les entierra en el anonimato tras oleadas de fingidas gracias, infinitas y genéricas, que, si bien merecen, son poco reconocimiento de la labor que ejecutaron.

Mientras tanto, obligan a un país a reconocer si la valía, si el esfuerzo, si el sacrificio de perros, gatos y loros que contribuyen para hacer de este mundo un hogar más humanitario, pero no con sinceridad; lo hacen para crear la cortina de humo detrás de la que se ocultan los que nada hicieron, nada dieron y entorpecieron los esfuerzos de quienes quisieron ayudar, todo porque prefieren ocultar las virtudes de quienes son ejemplo para sus semejantes antes que sus propias debilidades de carácter y mezquindades materiales.

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