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martes, abril 28, 2026
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José Prado…Las fiestas en Las Adjuntas

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En nuestros tiempos, años 70 y 80, estimados lectores, el pico de la vida social en Guama era que alguien dijera: «Vámonos para la granja La Alegría en Las Adjuntas». Esa frase era la señal de salida para una migración de amigos que, con algunos carros o simplemente caminando, con cavas de anime, cerveza, escocés 12 años, cochino asado, yuca y mucha esperanza, llegábamos al sitio a disfrutar la velada.

Era el arte de celebrar entre el olor a vegetación, aire fresco, el humo del fogón y el miedo entre las damas a que un bicho desconocido decidiera unirse esa noche a la fiesta. No había luces de neón, pero las estrellas hacían el trabajo.

Esas fiestas nos enseñaron que el glamour es opcional, pero ese grupo de amigos y el cobijo de la granja fueron la fórmula de la felicidad. Porque seamos honestos, ninguna fiesta en un salón elegante podrá superar la gloria de haber bailado en el caney “Don Emilio”.

La música dependía de la vida útil del equipo de sonido y la paciencia del que colocaba los cassettes de Los Melódicos, Billo’ s, los Máster de Venezuela, Súper Combo los Tropicales, Los Blancos o alguien que gritara “pon el baile de los feos”; los Ángeles Negros o los Terrícolas.

El menú no tenía opciones ni gluten-free; el rey absoluto era cochino asado con yuca, un animal que parecía multiplicarse como los panes y los peces. De varias piezas comían los asistentes, los primos, los vecinos de la granja y todavía sobraba para el recalentado del domingo.

El aroma a grasa y carbón era el perfume oficial del evento, y el que picaba la carne era automáticamente nombrado héroe de la jornada; aunque terminara ahumado, resaltábamos la frase “quien pica la carne come más que cualquiera”.

Lo más increíble de estas fiestas era la ingeniería financiera, con una colaboración de 20 bolívares por persona, que en aquel entonces se sentían como una fortuna; hoy no pagamos ni el aire de un solo caucho. Se lograba el milagro de las cajas de cervezas, siempre vestidas de novia (bien frías), la caja de whisky 12 años, el hielo, la yuca y un cochino completo; lo suficiente como para que después de tres tragos bailáramos la pieza timbalero de la Fania Old Star.

Nadie pedía factura, nadie revisaba el presupuesto en una app; simplemente se entregaba la plata a los organizadores de esas grandes fiestas: Beatriz López, César Palencia, Orlando López, las Arteagas y los Rojas, quienes se encargaban de la titánica tarea de recoger y organizar todo con 20 bolívares. No era un trabajo para cualquiera; se necesitaba la de ese equipo en particular por su mirada de detectives y la persistencia de cobradores de impuestos.

Los organizadores eran magos que sacaban la cuenta y sentenciaban: “sí ponemos 20 bolos adicionales, compramos otras cajas de cerveza”, y de inmediato todos buscábamos en los bolsillos para completar esa tarea.

Eran los arquitectos de la rumba, hombres y mujeres que por amor a la parranda se echaban al hombro la responsabilidad de que muchos de nosotros comiéramos, bebiéramos y bailáramos con un presupuesto que hoy no alcanzaría ni para un caramelo, pero que en aquel entonces, en esas manos, era oro puro. Qué tiempos aquellos.

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