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viernes, junio 12, 2026
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Manuel Alzuru…¿Quién responde por el 28J? Del coraje ciudadano a la urgencia de una junta de gobierno

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El pasado 28 de julio, el pueblo venezolano hizo algo que conmovió al mundo: con las manos limpias, sin más armas que la cédula y la dignidad, la gente se organizó, cuidó sus mesas, contó sus votos y rescató la soberanía nacional a punta de actas impresas. Fue una gesta civil impecable.

Ese día, el país real emitió un mandato contundente, no solo para cambiar de gobierno, sino para jubilar de una vez por todas a una clase política que llevaba veinticinco años viviendo del conflicto. Sin embargo, a la vuelta de dos años, el paisaje es muy distinto y da indignación.

Hoy vemos con asombro cómo aquel activo histórico, el mayor capital político que hayamos construido jamás, quieren dejarlo de lado. En lugar de defender con audacia y firmeza lo que la gente cobró en las urnas, nos encontramos con un relato prefabricado desde el exilio dorado que pretende imponernos unas supuestas “nuevas elecciones presidenciales exprés” en una tercera fase de transición. 

El debate ya no es quién ganó ayer con las actas en la mano, sino quién o quiénes van a competir mañana en un nuevo proceso. ¿Cómo llegamos aquí? La respuesta duele, pero es clara: por la falta de un plan real para defender la victoria y por el empeño de las viejas y nuevas cúpulas y los eternos oportunistas en reciclarse. 

Tras el 28 de julio, la única orden que recibió la población desprotegida fue irse a sus casas a rezar y esperar un milagro internacional. Luego, entre falsas expectativas, se alimentó la idea de que el 10 de enero sucedería algo mágico.

Al no materializarse la toma de posesión en el territorio, lo único que cosechó el ciudadano de a pie fue una profunda frustración, repitiendo el mismo trauma que ya vivimos con el fallido interinato de  Juan Guaido. Un interinato, por cierto, del que nadie rinde cuentas, pero que enriqueció a unos cuantos mientras dejó al país sumido en la diáspora, el desespero y una brutal represión. 

Por si fuera poco, ese mismo sector de la oposición tradicional se dedicó a criminalizar y atacar a quienes apostamos por continuar la ruta electoral, llamando a participar en los comicios regionales y parlamentarios. Con ese boicot absurdo y dogmático, lo único que lograron fue regalarle al adversario, en bandeja de plata, el control absoluto de la Asamblea Nacional, las gobernaciones y las alcaldías. 

Si se hubiese aplicado la misma fórmula de organización ciudadana de julio, hoy el mapa institucional de Venezuela sería otro: nos evitamos la presencia extranjera en suelo venezolano y tendríamos un escudo protector de diputados, gobernadores y alcaldes legítimos defendiendo a la gente dentro del territorio.

Al vaciar los espacios internos y quedarse sin un solo concejal en el país, la cúpula política se autoliquidó internamente y le entregó las llaves de nuestra soberanía a la política exterior. Por eso hoy vemos a los mismos rostros del fracaso personajes que el país ya había desalojado con el voto en las primarias sentados en cónclaves en Panamá, promoviendo intervenciones y tutelas extranjeras. 

Para ellos, intensificar la campaña de intermediación internacional es su negocio de supervivencia; necesitan que la crisis se administre desde afuera para seguir siendo los «gerentes» del conflicto, reincorporando incluso a viejos actores del pasado bajo la excusa de la reconstrucción.

El resultado de estos errores encadenados es trágico: estamos perdiendo nuestra autonomía como nación libre y soberana. Pasamos de ser un pueblo con la frente en alto que dictó su propio destino, a ser espectadores de un diseño internacional que busca una salida acomodada para las élites internacionales, abriendo el camino a la cohabitación y olvidando el fondo de lo que se votó.

Ante este panorama de desamparo, desde el Movimiento 28 de Julio planteamos que es urgente nacionalizar el debate. No podemos seguir permitiendo que las soluciones para Venezuela se sigan cocinando en oficinas de Washington o restaurantes de Panamá, de espaldas a la realidad de nuestra gente.

Es hora de buscar salidas consensuadas entre el pueblo y la dirigencia nacional para exigir, con verdadera autonomía, el apoyo internacional para atender nuestra tragedia. Estamos conscientes de que a partir del 3 de enero contamos con un nuevo e importante aliado internacional en la toma de decisiones geopolíticas. Pero la ayuda externa debería ser fundamentalmente de carácter estratégico; nosotros debemos colocar sobre la mesa una alternativa soberana y realista.

El próximo 3 de julio vence la prórroga del interinato de la señora Delcy Rodríguez. Por eso, abrimos el debate en el país para evaluar una propuesta concreta: la conformación de una Junta de Gobierno que sea coordinada por el presidente electo el 28 de julio. Esta fórmula no solo respeta el mandato popular indiscutible de las actas, sino que rompe el monopolio de las cúpulas partidistas y abre un espacio de encuentro para los hombres y mujeres honestos de este expoliado país.

Estamos a tiempo de transitar un camino distinto para el rescate de nuestra soberanía, porque hay una verdad ineludible que la dirigencia no termina de asimilar: nuestro pueblo está al límite. No se le puede pedir a los venezolanos que «se amarren el cinturón» y esperen pacientemente dos o tres años para empezar a ver si los planes de las élites cuestionadas traen algún cambio institucional o crecimiento económico.

La tragedia social del día a día es asombrosa y no da tregua. La desnutrición infantil avanza silenciosa, la educación pública está por el suelo, los hospitales no tienen cómo salvar vidas, el desempleo ahoga a los padres de familia y la falta crónica de luz y servicios básicos destruye la poca calidad de vida que nos queda. El cansancio de la población es real, profundo y peligroso.

Venezuela no es un negocio ni un botín que se pueda repartir en mesas extranjeras a plazos convenientes para los políticos; es nuestro hogar, y merece respeto, lealtad y soluciones inmediatas. Es hora de sacudirnos la amnesia y la parálisis. La verdad de las actas y la dignidad del pueblo no caducan, y la única transición válida será aquella que surja de la urgencia de nuestra gente y no del reciclaje de quienes viven de prolongar nuestra agonía.

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