Hace varias décadas, un hombre irrumpió en los hogares venezolanos con su prédica, con sus enseñanzas, el autor de “Las lanzas coloradas”, el carismático y gran soñador Arturo Uslar Pietri, quien a través de la televisión en blanco y negro mantuvo cautivos y embelesados a adultos y a la muchachada.
En mi casa, cuando mis hijos eran muchachos, a golpe de 6:00 de la tarde, todos enmudecían, todos callaban porque un flaco de lentes, provisto de un inmenso saber, iba a hablar pronto para conducirnos por los intrincados caminos de los valores humanos.
En sus intervenciones no gritaba, no insultaba, no ofrecía nada a cambio; solo decía: «Hoy vamos a hablar del trabajo, de la honestidad o del porqué somos como somos», y embelesados tras el embrujo de su verbo arrollador le seguíamos atentos como pastor a sus ovejas, y todos en casa lo entendían porque hablaba como hablan los suelos: claro y sin mentiras.
Ayer, fui profesor, y viendo a la Venezuela sufrida, entiendo que todo lo que nos pasa ya nos lo había contado y presagiado ese gran cuentacuentos que fue Uslar en esos 5 minutos de la TV en blanco y negro. En dos versiones expectantes de gran significado y, por qué no, histórico, nos dijo todo en sus “valores humanos” lo que debemos ser, y en “Cuéntame, Venezuela”, de dónde venimos, y en verdad que este sabio predicador de grandes verdades lo sabía, sabía que un país sin valores y sin memoria es como un suelo sin humus, no produce nada.
Hurgando entre sus más preciadas expresiones, sorprendido por su alcance y su visión al resaltar entre ellas las referentes al trabajo, del cual sostenía que el mismo no es un castigo, sino un símbolo de orgullo al difundir una frase que caló hondo: “Venezuela es un país que quiere la riqueza sin trabajo, queremos cosechar sin haber sembrado, contar dólares sin producirlos y títulos sin estudio».
Al referirse a la siembra como su frase inmortal, cuyo eco aún resuena: “Sembrar el petróleo”, la misma no era en sí una consigna económica, sino una filosofía de vida; según su profética visión, el producto de la renta petrolera había que convertirlo en lo difícil y duradero: escuelas, siembras, talleres y universidades, y hoy nos preguntamos si en verdad sembramos o nos comimos la semilla.
Toca una fibra sensible al referirse al mérito y al estudio cuando manifiesta su desprecio por la viveza criolla, la palanca y el compadrazgo, aún hoy tan en boga, al sostener que un país que no premia al mejor, premia al vivo, y al final son puros vivos y ningún bueno.
Al referirse a la tolerancia, nos enseñó que pensar distinto no es ser enemigo; hoy es casi común ver a familias divididas por el color, razón por la que hay que entender esa tolerancia que él pregonaba. Y en ese para nunca olvidar hizo «Cuéntame Venezuela», ya que según él, un pueblo que no sabe de dónde viene es fácil de engañar y, asimismo, un suelo sin historia se lo lleva cualquier río.
Del ayer al hoy, Uslar nos dijo dónde estamos. Ayer nos dijo: «Siembra, hoy las despensas lucen vacías»; menos caña, aguacate y maíz que antes sobraban, hoy escasean; se nota que estamos dejando el campo en busca de la ciudad, de lo que creemos fácil.
Ayer nos pedía estudiar; hoy la apatía ronda a sus anchas, queremos ser como en TikTok sin haber leído un libro y, de paso, lo aplaudimos. Ayer aupó la tolerancia, hoy no nos hablamos, nos quedamos sin vida humana.
Al final, todos quieren retornar al campo, no al campo de tierra, sino al campo de los valores donde fuimos felices, donde el trabajo valía, la palabra se cumplía y las siembras daban fruto. Hoy, la muchachada de ayer, convertida en educadores, podría replicar lo aprendido y honrar al maestro difundiendo en sus aulas el legado de este ilustre venezolano; la tecnología será su mejor aliado junto con el ingenio y la creatividad.
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