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martes, septiembre 15, 2026
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Ismael Montoya…La misericordia de Dios

Una vez que el Señor Jesús subió al Cielo, sus apóstoles se organizaron para ejecutar el apostolado correspondiente. Entonces San Pablo llamó a Dios padre de misericordia por su infinita compasión por los hombres a quienes ama enormemente y pocas verdades han sido insistentemente repetidas como esta: ¡Dios es infinitamente misericordioso! Porque se compadece de modo especial con los que sufren la miseria más profunda: el pecado.

La Sagrada Escritura nos dice hoy que la misericordia de Dios es eterna, o sea, que no tiene límites en el tiempo; es inmensa, o sea, que no tiene límites tampoco en el espacio. Es universal: no se reduce a una raza y es tan extensa y se parece al pecado del hombre. Ahora bien, la encarnación del verbo o Hijo de Dios es prueba de esta misericordia divina. Vino a perdonar y a reconciliar a los hombres, entre sí y con su Creador; él se manifestó manso y humilde de corazón, dando alivio y descanso a todos los atribulados.

El apóstol Santiago llama al Señor piadoso y compasivo. Ahora, en la epístola a los hebreos: Cristo es el pontífice misericordioso; esta actitud divina hacia el hombre es motivo de acción salvadora de Dios, que no se cansa de perdonar y de alentar a los hombres hacia su patria definitiva.

Entonces, revelada en Cristo la verdad acerca de Dios como padre de la misericordia, nos permite “verlo” cercano al hombre, sobre todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su existencia y de su dignidad. Por eso la súplica constante de los leprosos, ciegos, cojos a Jesús es: Ten misericordia. La bondad de Jesús con nosotros supera las medidas humanas: Aquel hombre que cayó en manos de ladrones, que lo desnudaron, golpearon y lo dejaron medio muerto.

Él vendó sus heridas, usando vino y aceite, lo hizo montar en su propio caballo y pidió al hombre de la habitación que lo cuidara, dándole una cantidad de dinero, y prometió al mesonero que a su vuelta le pagaría lo que gastara de más. Este cuidado lo ha tenido con cada hombre. En su misericordia está nuestra salvación. El Señor nos enseña: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Y la verdad apareció. Hay una urgencia por parte de Dios para que sus hijos tengan esta actitud con sus hermanos y nos advierte que la misericordia con nosotros guardará proporción con la que nosotros ejercitemos: ¡Con la medida con que midiereis seréis medidos!

La bondad de Dios supera todas nuestras medidas. A un grano de trigo corresponde un grano de oro. Pero si nuestro corazón se endurece ante las miserias y flaquezas humanas, más estrecha será la puerta para entrar al cielo y encontrar a Dios. Hay en el cielo una misericordia, a la cual se llega con la misericordia nuestra.  

Santo Tomás enseña: ¡Cuando Dios obra con misericordia y nosotros le imitamos, ocurre algo que está por encima de la justicia, presupone haber vivido antes plenamente la justicia! Es más, sin la existencia de la misericordia, se corre el riesgo de llegar a un sistema de opresión de los más débiles por los más fuertes. 

Ahora bien, sí, por muy justas que fueran las relaciones entre los hombres, siempre será necesario el ejercicio de la misericordia que enriquece y perfecciona la virtud de la justicia, que se debe usar en actividades muy diversas: materiales (comida, vestido, salud, empleo), de orden moral (facilitar la confesión, combatir la ignorancia, etc.).

La misericordia es una disposición del corazón para compadecerse, como si fueran propias, de las miserias que encontramos cada día. Por eso es necesaria la comprensión de los defectos ajenos y el mantener una actitud benevolente que nos disponga a pensar bien y disculpar fácilmente fallas y errores, sin dejar de ayudar en forma oportuna. Actitud que nos lleva a respetar la igualdad radical entre los hombres, como hijos de Dios.

Porque la verdadera felicidad no es tomar y poseer, juzgar y tener razón, en imponer la justicia a nuestro modo, sino más bien en dejarnos tomar y asir por Dios y aprender de él la práctica cotidiana de la misericordia. Entonces, comprenderemos que hay más gozo en dar que en recibir.  

San Agustín dice: «La misericordia es el lustre del alma, la enriquece y la hace aparecer buena y hermosa. Nuestra Madre Santa María conoce a fondo el misterio de la misericordia divina, sabe su alto precio y podemos decirle: ¡Muéstrate como madre de todos!

Leer también: La fidelidad, una virtud

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