Al suroeste del mar Caribe, atravesándole el corazón a las comunidades La Hoya, Taría, El Chino, Farriar, Palmajero y Agua Negra, lugares donde se establecieron las cinco etnias africanas que posteriormente conformarían el sincretismo cultural y antropológico, levantaba su cuerpo húmedo y cristalino el río Yaracuy, que dio morada a nuestros ancestros, y en comunión armónica construyeron una amistad que duró siglos.
Sobre esas fuentes fluviales nadaban bajo la mirada atónita de las estrellas los negros cimarrones comprometidos con su herencia histórica, preservando el legado arrasado en parte por el invasor europeo. Así fue tejiéndose un importante proceso de heterogeneidad étnica, consolidándose en la medida que los grupos adquirían mayor movilidad táctica y estratégica desde los diferentes cumbes.
Esta manifestación coincide con un estado mítico y religioso, configurándose con muchos elementos que en su forma más obvia se usan para referirse a los inicios de otras etnias africanas. Esta similitud entre estas dos tradiciones nos lleva a descubrir y examinar las topologías particulares como un contramundo donde los cultos señalan la transmutación del pasado y este presente en expresión sincrética.
Cuentan que una luz tenue caía sobre las márgenes del río Yaracuy, y los viajeros se confundían con la noche, apareciendo una Diosa Luna convergiendo sobre las aguas bajo el vértigo de sus navegantes. Esta princesa de piel negra, cabellera de azabache enroscada y de voluptuoso cuerpo adornaba la estancia con tambores una vez cada cien años. Su belleza producía tal encanto que sus habitantes la veneraban con ritos mágicos para limpiar las almas poseídas por algún hechizo.
Allí, sobre el refugio de esas aguas, surgió un tiempo milenario con memoria musical, trascendiendo los lazos de la historia. Este viaje por el río Yaracuy lo realizó un grupo de músicos en la década del ’70 con el surgimiento en el municipio Veroes, particularmente en Farriar, Taría y El Guayabo, donde se gestó el primer movimiento de la sala en Yaracuy.
Da cuenta de la génesis y posterior desarrollo de la salsa con experiencia de canto y sobrevivencia de la agrupación musical “Los Dioses de la Salsa”, representada por: Héctor Yusti, sonero y voz líder; Jose Luis Zerpa en la dirección, en el bajo Yimi Graterol, timbalero y bongosero Hermes Robles, Marcos Delgado, Miguel “Poa Poa” Guzman, Esteban Graterol, cantante; coro y maracas Manuel “Mulato” Mieres y Jorge Rodríguez en los metales, cumpliéndose la primera génesis de la resistencia de la salsa de la provincia.
Con todo este espectro surge la experiencia musical del conjunto “Organización Latina”, expresión experimental de la salsa de la provincia y convocatoria de un colectivo de salseros liderado por el productor artístico José del Carmen Pérez y un grupo de jóvenes músicos integrado por Manuel “Mulato” Mieres, Jorge Rodríguez y los intérpretes de la escuela de rumberos de la costa con el bongosero Danny Vargas, José Ramón de Puerto Cabello, reconocido percurcionista, en integración con los músicos de la agrupación “Los Dioses de la Salsa”.
Se sumaron los hermanos Reyes José Luis en la trompeta y Julio en la flauta”, Geovanny Gómez “La lampara”, primer pianista salsero; Boby “Batacún” González sonero al estilo de Marvin Santiago y William González, «El Jardinero del amor», sonero y voz líder con los aprendices Jesús Mieres, Eusebio Reyes, Excel Alvarado, José Luis Ramos y William Pérez, casi todos músicos sinfónicos de esta generación, que más tarde liderarían el movimiento musical de los años venideros con los hermanos Harry y Henry Ramos, pianista y bajista, respectivamente, en compañía de Luis Herrera, percusionista; quienes conquistaron un sitial en la música salsera yaracuyana.
Especial importancia tiene la agrupación de la comunidad Marín «Los Gulets», bajo la dirección del maestro trombonista Domingo Bracho, quien con un trombón de pistón, el antiguo trombón clásico al estilo de Willie Colón, acompañaron a Domingo, sus hermanos Manuel Bracho, el maestro del saxo Alberto Gómez, hijo del músico Martin Rodríguez Roa, aunados a un grupo de jóvenes talentosos de la comunidad Albarico, con la experiencia del cantante y empresario José Ramón “Mon” Escalona con su sonido y visión, que fungió como protector y mecenas de los salseros en el estado.
De esta manera, la cadencia musical mantuvo la reafirmación y la identidad colectiva adquirió rápidamente características originarias y la hermandad nativa empezaría a surcar su protagonización en los patrones rítmico-melódicos de distintas combinaciones.
La instrumentación usada por estos conjuntos de salsa de la provincia con su irreverencia permitió, gracias a sus arreglos, una soltura en solos de diferentes instrumentos, y en especial el piano, que al atacar el montuno lo hacía sin rebuscamiento; simplemente dejaba escapar las notas necesarias para que el público que lo escuchaba y bailaba pudiera oír una música sencilla pero novedosa.
Cabe mencionar que el formato de estos conjuntos de salsa contaba con bajo, bongó, trompetas, maracas y piano, más dos cantantes, quienes eran los encargados de sumar la clave y las maracas, agregándole un trombón para que el son sonara con más agresividad, dándole un aire rítmico melódico jamás visto en ese momento en Yaracuy con «Los Dioses de la Salsa» y la agrupación Organización Latina, precursores de la salsa de la provincia y de la resistencia, quienes sentaron las bases para el florecimiento de la salsa en Yaracuy.
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