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viernes, septiembre 11, 2026
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Manuel Alzuru…Yaracuy frente al espejo: de la tutela políticay la desidia a la reconstrucción soberana

Venezuela arrastra desde hace un cuarto de siglo una fractura profunda producto de una misma patología política: la renuncia a la soberanía interna. Tanto el chavismo como la oposición prefirieron delegar la resolución de los problemas nacionales en tutelas extranjeras, apostando a que La Habana, Rusia, Irán, China o Washington resolvieran lo que solo correspondía pactar y edificar a los venezolanos. Esta incapacidad histórica para construir un proyecto común desde nuestra realidad y el interés nacional ha dejado un país debilitado, con una economía erosionada y millones de familias desperdigadas por el mundo.

Esta crisis de soberanía no es un concepto abstracto; se palpa con dolor en la cotidianidad de las regiones. En el estado Yaracuy, el colapso del modelo centralista y la falta de visión gerencial se traducen en indicadores alarmantes de pobreza, desnutrición infantil, deserción escolar, servicios de salud desmantelados y un desempleo que asfixia a los 14 municipios.

El ejemplo más evidente de esta indolencia gubernamental es la paralización por casi cinco años del proyecto del Museo del Barro de Yaracuy. Esta obra estuvo proyectada para convertir a nuestro estado en la sede del primer museo del barro de América Latina. Sin embargo, la desidia y la incapacidad administrativa dejaron morir la iniciativa, mientras que en 2020 México consolidó el suyo. Pero el daño colateral de este abandono va mucho más allá de un edificio sin terminar: golpeó directamente al corazón de nuestra memoria ancestral.

En la comunidad Camunare, municipio Arístides Bastidas, referencia histórica indiscutible de la alfarería y del modelado en barro de la región, la indiferencia oficial ha hecho estragos. El abandono sistemático de esta aldea artesanal no solo ha despojado a sus cultores de insumos, apoyo técnico y canales de comercialización, sino que ha amenazado con extinguir una tradición oral y utilitaria transmitida de generación en generación.

Cuando se abandona a los artesanos de Camunare, no se descuida un sector económico; se quiebra la identidad cultural de Yaracuy. Por ello, culminar y relanzar el Museo del Barro no es un capricho estético ni una simple obra pública: es una necesidad histórica de reparación cultural y rescate identitario. Sin embargo, el rescate patrimonial se queda corto si no atacamos la parálisis institucional que ahoga a los municipios. Es momento de hablar a calzón quitado: la centralización ahogó el desarrollo de Yaracuy. Una de las decisiones que no podemos seguir postergando es profundizar la descentralización de la educación y la salud a través de la municipalización.

Planteamos con firmeza que el 30 % del presupuesto de educación y salud sea manejado e invertido directamente por las alcaldías que presenten proyectos viables y auditables en esta dirección. Nadie conoce mejor la urgencia de un ambulatorio sin insumos o de una escuela rural en ruinas que el municipio y su comunidad.

Frente a la parálisis económica, Yaracuy exige un reencuentro de sus sectores productivos fundado en la cultura de la diversidad. Es hora de dejar de mirar con condescendencia folclórica el trabajo de nuestras maestras y maestros alfareros de Camunare, la tejeduría en cestería y la fibra de vetiver.

Debemos asumir las artes aplicadas, la artesanía utilitaria y el turismo de experiencia como activos económicos estratégicos, autosustentables y descentralizados. Reorganizar el Museo del Barro implica convertirlo en un centro vivo de innovación y rescate artesanal articulado directamente con Camunare y el resto de los caseríos alfareros.

Desde allí se debe impulsar la bioconstrucción (aprovechando la tierra comprimida y fibras locales para la reparación de escuelas) y generar cadenas de valor que dignifiquen el trabajo del cultor. Si a esto sumamos la descentralización presupuestaria hacia las alcaldías y la vinculación de la pequeña producción agrícola familiar con los comedores escolares, no solo combatiremos de frente la desnutrición infantil, sino que dinamizaremos la economía popular desde la base local.

Estas propuestas representan tan solo una primera entrega del relanzamiento de un proyecto descentralizado para el Yaracuy del siglo XXI. Somos plenamente conscientes del abanico de posibilidades que debemos impulsar con fuerza: la transformación agrícola, el rescate de la infraestructura básica y el desarrollo industrial adaptado a nuestras fortalezas. Sin embargo, estamos convencidos de que en este instante crucial, la educación, la cultura y la salud son los pilares indispensables sobre los cuales se sostienen la dignidad y la calidad de vida de nuestra gente.

Sin un pueblo sano, educado y orgulloso de su identidad, no habrá industria ni campo que sea sostenible en el tiempo. Superar la tragedia nacional requiere la humildad y la determinación para reconocer que nadie podrá solo y que la ineptitud política perpetúa la miseria.

Yaracuy tiene la historia, la tierra y las manos para trazar un modelo de desarrollo donde el turismo sustentable, la autogestión, la descentralización fiscal y la municipalización de la salud y la educación financien la vida digna de nuestro pueblo. Es momento de rescatar a Camunare, terminar el Museo del Barro y convertir nuestra herencia en el motor de una verdadera transformación soberana y productiva.

Leer también: Del centralismo del diálogo a la realidadde las regiones: la urgencia de rendir cuentas en Yaracuy

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