Esa mujer, la del video viral, no es la verdadera tapa del frasco. Tampoco inventó la tapa ni el frasco. No fue la primera y, lamentablemente, tampoco será la última. En la incomprensible sociedad venezolana abundan quienes se sienten hechos para ser tapas o corchos cuando se habla de poder y privilegios. Aclaro: esto no es un invento chavista ni revolucionario. El tráfico de influencias nació mucho antes, sobrevivió a gobiernos de todos los colores y seguirá entre nosotros.
Pero pocas veces habíamos visto una proliferación tan descarada de tapas y tapones como la que aparece en las redes, con el rojo como color predominante. Hasta la impunidad parece tener uniforme. Creerse la tapa del frasco no es solo un problema psicológico. Es el resultado de una sociedad que normaliza y premia la cercanía con el poder. El video —sobre cuyo contenido mantengo reservas— expone una cadena de abusos que retrata males conocidos: amiguismo, barraganato, favoritismo, enchufismo y aprovechamiento de vínculos políticos para obtener beneficios o cometer desmanes.
El poder nunca se ha limitado a quienes lo ejercen formalmente. Desde las civilizaciones antiguas se ramifica entre familiares, aliados, socios y cortesanos. Alrededor de cada trono se forma una red de favores y silencios. La historia cambia de vestuario, pero conserva el libreto.
Maquiavelo entendió que el poder también se sostiene mediante las relaciones que lo rodean. Una cosa es reconocer esa realidad y otra creer que la cercanía autoriza a abusar. El problema aparece cuando la influencia se convierte en licencia para perjudicar al ciudadano común.
Una cosa es conocer a un funcionario; otra, usar ese vínculo para torcer decisiones, bloquear denuncias, humillar o actuar como si la ley fuera un empleado doméstico. El video no escandalizó porque mostrara algo desconocido. Muchos saben que estas cosas ocurren. Algunos las padecen, otros las comentan en voz baja y no pocos las aceptarían encantados si recibieran su propio frasco con tapa incluida.
Esa es la tragedia: el abuso indigna mientras se sufre, pero parece aceptable cuando ofrece una silla del lado de adentro. Lo incómodo fue la ostentación. La mujer presumía de su influencia como sinónimo de impunidad. No era simplemente “conozco a alguien”, sino “a mí nadie me toca”. Se jactaba de golpear a sus vecinas sin consecuencias, incluso frente a funcionarios de la ley. La escena se convirtió en símbolo del enchufado, el protegido y el intocable: quien consigue lo que quiere porque conoce a quien debe conocer.
Combatir estas conductas no es una cruzada contra una persona. Es una condición para construir una sociedad decente. Mientras el acceso al poder funcione como privilegio privado, unos ciudadanos seguirán esperando justicia y otros, una llamada telefónica. No existe Estado de derecho cuando la ley cae sobre los de abajo y camina de puntillas frente a los de arriba. En otros países, expresidentes, hijos, parejas, amigos y financistas han pagado por abusar de sus vínculos. En Venezuela seguimos lejos de esa cultura. Aquí suele imponerse el proverbio: “La rosca solo es mala cuando se está afuera”.
Para demasiados, la cercanía al poder no representa responsabilidad, sino oportunidad. Quien no entra en ese juego debe remar contra la corriente y aceptar que quizá formará parte de una minoría con ética y dignidad, pero sin dinero ni prebendas.
Seguimos lejos de la igualdad que exige un verdadero imperio de la ley. Todos deberíamos ser iguales ante las mismas normas, sin importar apellido, cargo o amistad. Pero Orwell ya lo advirtió en Rebelión en la granja: todos son iguales, aunque algunos terminan siendo más iguales que otros.
Ese es el problema: no la tapa, ni el frasco, ni el video, sino la creencia de que la sociedad existe para servir a quienes mandan. Mientras esa idea sea tolerada, cada tapa encontrará su frasco y el resto seguirá pagando la cuenta.
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