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miércoles, septiembre 16, 2026
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Con Hidalgía…Alejandro Betancourt: el macro contratista

La designación de Alejandro Betancourt como actor clave en el acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela responde a una convergencia de pragmatismo geopolítico, control operativo sobre el terreno y una diplomacia transaccional que prioriza el acceso a recursos estratégicos sobre los antecedentes de probidad.

La aparente paradoja entre sus litigios por presunto lavado de dinero en Europa y su rol como socio de Washington expone cómo opera la política de conveniencia en el tablero energético global.

A través de firmas como North American Blue Energy Partners (NABEP), vinculadas a su conglomerado familiar, Betancourt logró posicionarse como el segundo mayor productor privado de crudo dentro de Venezuela, operando campos maduros donde grandes multinacionales tradicionales dudaban en entrar o se veían paralizadas por litigios y sanciones.

Para el gobierno de Washington, asociarse con una entidad privada que ya cuenta con concesiones activas, logística desplegada y la capacidad técnica inmediata de explotar reservas críticas representa el atajo operativo más rápido para elevar la producción sin esperar años de reorganización legal en la industria venezolana.

Betancourt ha demostrado una singular capacidad de supervivencia y negociación política. Pese a sus orígenes como contratista gubernamental (donde ganó contratos de emergencia eléctrica a través de Derwick Associates), en años recientes mantuvo vínculos tanto con figuras de la oposición venezolana como con sectores del chavismo pragmático.

Esta dualidad lo convirtió en un intermediario idóneo para articular acuerdos entre administraciones formalmente distanciadas, facilitando un pacto que beneficia la caja fiscal de Caracas y garantiza la seguridad energética buscada por Washington.

Aunque fiscales en Suiza y tribunales en España abrieron causas e indagatorias por lavado de activos vinculadas a fondos desviados de PDVSA, la posición formal de las agencias estadounidenses ha sido pragmática: Betancourt evitó una acusación formal directa en su contra en las cortes federales de EE UU (a diferencia de otros colaboradores cercanos).

La Casa Blanca ha priorizado el cálculo geoestratégico —reducir el poder de mercado de competidores en Medio Oriente y asegurar el suministro de crudo pesado— frente a las alertas judiciales europeas, optando por desestimar las acusaciones internacionales como obstáculos secundarios frente al objetivo petrolero.

El caso de Betancourt resume la lógica de la realpolitik contemporánea: cuando las prioridades energéticas de una superpotencia colisionan con expedientes de corrupción financiera, el control físico de los barriles de petróleo suele imponerse sobre las objeciones éticas e institucionales. En definitiva, a quien Dios se la da, San Pedro se la bendice. Hasta otro Con Hidalguía.

Leer también: A propósito del doble terremoto: la medida de la fé y la escala de la Tierra

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