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lunes, agosto 3, 2026
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Con Hidalgía…A propósito del doble terremoto: la medida de la fé y la escala de la Tierra

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Reflexiones sobre el mito del «sismo dividido». En momentos de crisis o desastres naturales, la mente humana y la cultura popular suelen buscar explicaciones que vayan más allá de lo puramente mecánico.

Tras un evento sísmico de gran magnitud, no tarda en circular en las calles y redes sociales la tesis de que un terremoto fue divididamente interceptado por una intervención divina: la idea de que una fuerza sobrenatural fragmentó un colosal sismo hipotético —digamos, de magnitud 14,7— en dos eventos menores (como un 7,5 y un 7,2) para evitar la destrucción total del país. Analizar esta narrativa exige separar con claridad dos dimensiones esenciales de la experiencia humana: el rigor de la ciencia geofísica y el refugio espiritual de la fe.

Lo que nos dice la ciencia geofísica. Desde el punto de vista de la física y la sismología, un terremoto de magnitud 14,7 en la escala Richter o de magnitud de momento es técnicamente imposible en el planeta Tierra. La magnitud de un sismo no es un valor arbitrario; mide la cantidad de energía liberada y está directamente ligada a la superficie y longitud de la falla tectónica que se rompe. Un sismo de magnitud 12,0 requeriría fracturar una falla más grande que el propio diámetro del planeta. Un evento de magnitud 15,0 equivaldría al impacto del asteroide que extinguió a los dinosaurios o a la energía necesaria para hacer estallar mecánicamente la corteza terrestre.

Por otra parte, la escala sísmica es logarítmica, no aditiva. Esto significa que las magnitudes no se suman ni se restan de manera lineal: un grado más en la escala no representa «un poco más» de energía, sino un incremento de aproximadamente 32 veces la energía liberada. Dos sismos de magnitud 7,5 y 7,2 no equivalen a la suma matemática de 14,7; de haber existido un sismo de magnitud 14,7, este habría liberado miles de millones de veces más energía que dos eventos de escala 7 juntos.

Asimismo, la energía de las placas tectónicas no se «parte» por decreto externo; se acumula por fricción durante décadas o siglos y se libera conforme a la resistencia mecánica de las rocas en las fallas geológicas (como el sistema de fallas de San Sebastián, Brollón o El Pilar en el contexto venezolano).

La función social y espiritual del relato. ¿Por qué entonces cala tan hondo este tipo de historias en la gente? La respuesta reside en la psicología social y la necesidad de consuelo. Ante la inminencia de la muerte y la vulnerabilidad absoluta que genera la Tierra temblando bajo nuestros pies, la fe opera como un marco protector. Para quienes profesan convicciones religiosas, la idea de un Dios benévolo que «interviene» para atenuar la tragedia le da un sentido de propósito y protección al milagro de haber sobrevivido. Es la traducción espiritual de un sentimiento colectivo: «Pudo haber sido peor, y fuimos salvados». Atacar o descalificar la fe de quien encuentra consuelo en esa explicación sería un error de empatía. Sin embargo, confundir el consuelo fehaciente con la realidad científica entraña riesgos reales.

El peligro de descuidar la prevención. El verdadero reto de este debate radica en la responsabilidad ciudadana. Atribuir la atenuación de un desastre a un milagro puede, de manera involuntaria, promover la complacencia. Si creemos que estamos protegidos por un escudo divino que divide las fuerzas de la naturaleza, corremos el riesgo de descuidar lo que sí está en nuestras manos: exigir el cumplimiento estricto de las normas de construcción sismorresistente.

Educar a la población en protocolos de actuación y evacuación. Mantener planes de contingencia y mantener infraestructuras públicas preparadas. En conclusión, la ciencia y la fe no tienen por qué entrar en un conflicto destructivo si cada una se mantiene en su ámbito.

La geofísica nos explica cómo funciona la Tierra para que aprendamos a construir con responsabilidad y a protegernos con lógica. La fe, por su parte, aporta el temple y la solidaridad necesarios para levantarse de entre los escombros.

Entender la física detrás de las fallas tectónicas no resta espacio a la gratitud por estar vivos; al contrario, nos da el conocimiento indispensable para cuidar la vida que se nos ha concedido. Hasta otro «Con Hidalguía».

Leer también: Narrativa sobre el eje del mal y el eje del bien, Estados Unidos Vs. Irán

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