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lunes, agosto 3, 2026
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Jaime Montoya…Cómo servir

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El Evangelio nos relata que los hijos de Zebedeo pidieron al Señor Jesús que ellos ocuparan los puestos más importantes en el nuevo reino, pero el resto de los apóstoles se indignaron con estos dos hermanos. Este disgusto de los demás no se creó por lo insólito de esta solicitud, sino porque todos se sentían iguales o con mejores derechos que Santiago y Juan para ocupar esos puestos.

Entonces Jesús conoció la ambición de quienes serían la base de su Iglesia y les dijo: “¡No pueden comportarse como esos reyezuelos que oprimen y avasallan a sus súbditos! No será así la autoridad de la Iglesia; por el contrario, ¡quien quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y quien desee ser el primero, que sea esclavo de todos!”.

Es una nueva estructura de mando, una nueva forma de ser grande, y el Señor les muestra el fundamento de esta nobleza y su razón de ser: “¡El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos!”.

La vida de Cristo es constante ayuda a los hombres y su doctrina, una invitación a servir a los demás. Él es un ejemplo que debe ser imitado por los que son autoridad en su Iglesia y, siendo Dios y juez que juzga al mundo, no se impone y da su vida por todos. Así es su forma de ser el primero. Así lo entendieron los apóstoles después de la venida del Espíritu Santo.

San Pedro exhortará a los presbíteros a que “apacienten al rebaño, no dominándolo, sino sirviéndoles de ejemplo”, y San Pablo, “que sin estar sometido a nadie se hizo siervo de todos para ganarlos”. Pero el Señor no solo se dirige a sus apóstoles y a sus discípulos de todos los tiempos.

Existe un honor que hay en el auxilio y asistencia a los hombres, imitando al Maestro. Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, quien no ha venido a ser servido, sino a servir. A la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente reinar solo sirviendo; a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirlo como reinar.

Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse; es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio: virtudes como la humildad de corazón, la generosidad, la fortaleza y la alegría, que nos capacitan para poner la vida al servicio de Dios, de la familia, de los amigos y de la sociedad.

La última noche antes de la Pasión, Cristo deseó dejarnos un ejemplo muy significativo de cómo debemos comportarnos. Se levantó, se quitó el manto, tomó una toalla, puso agua en una jofaina y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secarlos. Realizó la tarea propia de los siervos de esa casa. De nuevo ha predicado con el ejemplo, con obras.

Ante los discípulos que discutían por motivo de soberbia y de vanagloria, Jesús se inclina y cumple gustosamente el oficio de siervo. Me llama la atención la delicadeza de nuestro Cristo. ¿Cuánto más tendríamos que hacer nosotros? Como a los primeros doce, también a nosotros nos insinúa continuamente: “Exemplum dedi vobis” (Jn 13, 15), “Os he dado ejemplo de humildad, me he convertido en siervo, para que vosotros sepáis con el corazón manso y humilde servir a todos los hombres”.

Servimos al Señor cuando procuramos ser ejemplares en el cumplimiento de los propios deberes y cuando nos esforzamos en dar a conocer las enseñanzas de la Iglesia con claridad y valentía en un mundo confuso, ignorante y frecuentemente errado en puntos clave, incluso en la ley natural. En estos casos lo mejor es dar doctrina.

La figura de Cristo lavando los pies a sus discípulos es un poderoso estímulo para los que son profesionales. La vida familiar es un excelente lugar para manifestar el espíritu de servicio. El Señor nos llama en ocasión de necesidades ajenas: enfermos, ancianos y quienes son más indigentes. El Señor sirve con alegría, amablemente y en tono cordial, y así debemos ser nosotros.

El Salmista, inspirado por el Espíritu Santo, nos dice: “Servid al Señor con alegría” y agregó: “Si aprendéis esto, seréis dichosos si lo practicáis”. Aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo; se apreciará también más.

Para servir, debemos ser competentes en el oficio que realizamos; hay que hacer las cosas y terminarlas. No basta con querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo, y el Señor es muy buen pagador, que cuando lo imitamos, toma en cuenta hasta el más mínimo gesto. Muy queridos amigos, con la ayuda de San José, del Señor Jesús y de Santa María, nos será más fácil servirles.

Leer también: El triunfo sobre la muerte

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