Guama, como muchos pueblos, al norte tiene una mole de tierra y flora que le proporciona el agua que da vida a su hermoso valle y un bosque de nutrida vegetación, de esos que los poetas definen como un lugar “donde las palmas hieren con sus espadas de esmeraldas”.
Acudimos a esa montaña en busca de paz, sosiego, un clima agradable, un paisaje que, al fijar en él la mirada, podríamos repetir aquella frase del Libertador al contemplar en Colombia el Valle de Mariquita: “Aquí se ve Dios. Se palpa. Se siente. No sé cómo hay hombres que pueden negar su existencia…”.
Allí, pasamos ratos inolvidables en una especie de refugio de invierno que nos cobija. Allí, compartimos con agricultores, la mayoría cultivadores de café, de quienes recibimos enseñanzas de humildad y virtudes.
Ellos tienen sus compañeras de vida, activas mujeres maestras en llevar una casa y artistas incomparables en ese complejo mundo de la cocina. Por supuesto, estos seres tienen sus hijos. Estos son niños formados en un ambiente de trabajo y con hermosos principios morales.
Me agrada conversar con estos niños; tienen la mente despierta, asimilan rápido las enseñanzas, poseen muy buena memoria y exteriorizan ingenuidad y ternura paralelas. Es hermoso verlos narrar cuentos, describir el natural ambiente en el que se desenvuelven día a día. Poseen una narrativa ingenua y, a la vez, maravillosa. Podrían ser autores de novelas o poesías.
Estos nobles compatriotas viven en un país de carencias, distinto a los habitantes del país nacional que llamamos Venezuela. Sus vías de comunicación se encuentran en mal estado; nada tienen que ver con el país petrolero que existe más abajo. Me preocupa su escaso acceso a la educación. Apenas tienen un maestro que va los sábados y ese único día a la semana les imparte enseñanzas.
Quiero mencionar otra preocupación: hay un dulce niño que nos visita con frecuencia. Es muy inteligente, amable, puro. ¡Un buen niño! Cualquier padre se sentiría orgulloso de él. El niño me agrada. Hace poco llegó de visita. Le invitamos a almorzar. Se sentó con nosotros. Dominó el ambiente con su conversación fluida y amena. Noté que comía rápido y a gusto. Vivía al ingerir la carne.
Le pregunté si le gustaba la carne. Contestó: ¡Mucho! Pregunté: ¿Siempre la comes? Contestó: No. Pregunté: ¿Desde cuándo no comes carne? Contestó: Desde que vino su hermano. ¡Dios. Mi hermano se fué a España hace año y medio! Pensé en Miguel Otero Silva y su “Niño Campesino”:
“... Yo descendí la cuesta
Desbandando mi palomar de angustias
Por los niños poetas,
Por los niños pintores,
Por los niños artistas
Que nacen en las chozas de mi tierra
Y se quedan mirando barrancos
Para toda la vida.
Por las obras que nunca han de nacer,
Porque están en el mundo con las manos cortadas
Esos niños terrosos de las chozas marchitas”.




