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lunes, mayo 25, 2026
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Vocación a la santidad

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Después de una noche de oración, eligieron a sus doce apóstoles, quienes estarían con él y luego, continuarían su misión aquí en la tierra y los evangelistas dejaron consignados sus nombres, los cuales llevaron varios meses siguiendo al maestro junto a otros discípulos con quienes siguieron por los caminos de Palestina, dispuestos a una entrega sin límites, y objetos de una particular predilección.

De esta forma el Señor pone los fundamentos de su Iglesia, y estos doce compañeros de Jesús son como los doce patriarcas del nuevo pueblo de Dios, su Iglesia. Este nuevo pueblo o se forma por una descendencia biológica, como fue inicialmente en Israel, sino por una descendencia espiritual.

¿Por qué estos hombres gozaron de un favor tan grande de Dios? Simplemente porque fueron elegidos por el Señor. La elección es siempre cosa de Dios. Los apóstoles no se habían distinguido por ser sabios o poderosos, sino por ser normales y corrientes. San Pablo por ejemplo inicia frecuentemente sus cartas: ¡Pablo siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el Evangelio de Dios por Jesucristo y Dios Padre!

Jesús llama con imperio y ternura, como Yahvé a sus Profetas y enviados: Moisés, Samuel, Isaías. San Pablo lo dirá explícitamente: «Nos llamó, con vocación santa, no en virtud de nuestras obras, sino en virtud de su designio». El Señor nos llama a nosotros para que continuemos su obra redentora en el Mundo y no nos puede sorprender o desanimar nuestras flaquezas. Jesús llamó a los que quiso. La vocación es siempre una elección divina. Por eso una vez recibida no se debe someter a revisión.

Santo Tomás nos enseña: ¡A quien Dios elige para una Misión los prepara y dispone para que sean idóneos para lo que fueron elegidos! Es en la audición y en la aceptación de la palabra divina, que el hombre llega a comprenderse a sí mismo y ser coherente consigo mismo. La fidelidad a la vocación es fidelidad a Dios. Para aquellos doce, comenzó aquel día una vida nueva junto a Cristo.

Hubo uno que no fue fiel, Judas, a pesar de haber sido expresamente elegido. Los demás, al pasar los años, recordarían aquel momento, como el más trascendental de su vida. Por eso llevarían a cabo la misión encomendada por el Señor, hasta los confines de la Tierra.

El Señor llama hoy a sus apóstoles para que estén con él en la recepción de los sacramentos y vida de oración.

A todos, de una u otra forma nos ha llamado Cristo para que le sigamos de cerca, le imitemos y le demos a conocer, haciendo presente en el mundo la obra de la redención: Hasta que él vuelva: todos los fieles de cualquier estado o condición de vida están llamados a la plenitud de la vida cristiana ya la perfección de la caridad. Santidad que, aún en la sociedad de la vida social terrenal, promueve un modo más humano de vivir.

Ahora bien: Esta plenitud de la vida cristiana, pide la heroicidad de las virtudes y se pondrá de manifiesto en circunstancias en las que el estilo de vida o los fines que muchos se han propuesto en sus vidas, están muy lejos del ideal cristiano.

El Señor nos quiere santos, en medio de nuestras ocupaciones, con una Santidad alegre, atractiva, que arrastra a otros al encuentro con Cristo. Él nos dará las fuerzas y ayudas necesarias. Estos medios que el Señor concede a todos para seguirle y serle fieles. Que sepamos decirle muchas veces a Jesús, que cuente con nosotros, con nuestra buena voluntad de seguirle, allí donde nos encontramos, sin límites ni condiciones.

La primera decisión en el seguimiento de Cristo, constituye el fundamento de otras muchas respuestas de nuestra vida.

La fidelidad se hace día a día en cosas que parecen de poca trascendencia, en los pequeños deberes de la jornada, rechazando todo lo que pueda dañar lo que es la esencia de nuestro vivir. No basta con mantener la vocación, es preciso renovarla y reafirmarla constantemente cuando parece fácil y en los momentos en que todo cuesta, en los momentos en que el demonio o la carne se manifiesta con todo su poder.

San Pablo, se sirvió de una comparación tomada de las carreras en el Estadio y explicaba que la lucha ascética del cristiano ha de ser alegre, como un verdadero deporte natural, buscando la meta, donde Cristo nos espera.

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