¿Cómo olvidar de mi mente la quebrada Llamaro, con sus árboles gigantescos, gusanillos, jobos y charos? Las mujeres del caserío iban nada más para lavar, en honor a la verdad; no se podía tomar agua de allí, preferían la del pozo de una señora Laura o la de un señor llamado Vicencio. Aunque quedaba lejos, allá la iban a buscar.
En Guama, San Pablo y Chivacoa se llegó a regar su fama: cuando se referían a una persona mezquina, la comparaban y decían en Tartagal: “¿Cómo te parece fulano de tal, que dice ser muy bueno y es más maluco que el agua de Llamaro?”.
A este sitio llegaba una cantidad de mujeres con sus bateas llenas de ropa. Mientras le daban a los pantalones con una costilla de res, entre ellas surgían canciones para entretenerse; pero, algunas veces, terminaban peleando y agarrándose por el cabello, ya que se lanzaban versos ofensivos cuando se encontraban dos enemigas por rencillas anteriores producidas por asuntos de celos, ocasionados por los maridos de cada una de ellas.
Soltaban versos como estos: “La frasquitera de Luisa cree que tiene un macho fiel, y ya lleva cuatro meses acostándome con él”. Y le contestaba la otra: “Si tú te comes el mío, no debes sentir orgullo, porque yo llevo más tiempo comiéndome el tuyo”.
No faltaban los galanes y poetas de la época si era un domingo. Entre otros, un señor al que le faltaba su mano izquierda, muy conocido como “El Mocho Bello”, pero su nombre era Lorenzo Guevara, las floreaba así: “¡Ay, Julia, que se te ve la pierna! Yo tan viejo y tú tan tierna. Le repica el señor Apolinar Gámez: “Ah, malaya, unas barajas pa’ jugar un treinta y uno… ¡Ah, cosa grande es querer y que no quieran a uno!
“Chico” Víez responde: “Yo enamoraba a Gertrudis, pero ella me rechazó; argumenta que soy muy feo y, de ñapa, como chimó. Finaliza un señor Mercado y dice así lo mismo: “Me pasó a mí con la hija de Canuta, porque me ve gordo y fiero y, además, mala conducta. Esto está finalizando. Perdón por si cae algo mal de esta Lorenzada, de cuando la niñez en mi pueblo de Tartagal, probándome si estoy chocho o si estoy normal. Mi mente se conserva fresca como agua de manantial.
Di un salto para llegar a Guama. En ese entonces ya eran muy nombrados los personajes de esta importante población de nuestro estado Yaracuy. Llegaban a mi mente aquellos nombres famosos gracias a los estudiantes tartagaleños que salían en comparsa, si se quiere, bien de madrugada. En este caso los varones, ya que era un largo trecho para ir a pie y llegar a la hora de clase; la mayoría de las hembras se residenciaba en casas de familiares o en la de algunas amistades.
Lo cierto es que dichos jóvenes, en esos años (del 46 al 48), al regresar al terruño, describían emocionados las bondades y sus baluartes más destacados para la época. Más adelante nombraré a dichos baluartes, ya que primero tengo que nombrar a esos jóvenes que se calaron ese maratón: entre otros: Víctor José Gámez, Amenodoro Acosta, Francisco Ignacio Garrido, Pedro Navarro, Justo y Leonardo Escalona, Gonzalo Acosta, Dámaso Víez y Julián Martínez. La mayoría triunfó acreditándose una exitosa profesión; los que no lo lograron fue por el esfuerzo físico y por no contar con una alimentación apropiada, como debía ser.
Ahora vienen esos nombres de algunos guameños a los cuales estos estudiantes hacían referencia, entre ellos y ellas: “Meche” Cordido, Petra Pacheco y Eduarda Monserrat como sus excelentes profesoras. Hablaban de gente como Julián Garrido, José María Sequera, Silvio y Ramón Unda, Jesús Elorza, Dámaso Ramírez, Fermín Pacheco y el señor Antonio Sánchez (“El Poeta Campesino”). También comentaban mucho las películas en el cine, con sus ventanales y puertas largas al estilo colonial.
Aprovecho para enviar mi sentido pésame a familiares y amigos del profesor y deportista, quien fuera mi amigo Ramón Parra Pinto, por su sensible fallecimiento. Paz a sus restos. ¡Hasta Quigua manda Guama, y San Pablo hasta Tartagal! Será hasta otro día, señores, que venga con otro historial.
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