Quienes caminábamos por las calles de Guama en tiempos pasados, nos topábamos, tarde o temprano, con ese aroma dulce, espeso y profundamente familiar que el viento ubicaba justo por la Calle Occidente, detrás del Grupo Escolar José Tomás González. Ese olor tradicional que impregnaba el ambiente surgía de la elaboración de las tortas de cambur, una receta que en las manos del insigne guameño don Antero Arteaga se convertía en uno de los manjares de la identidad gastronómica del pueblo.
Cuando salíamos de la escuela o simplemente por el gusto familiar, hacer una parada en la bodega era sencillamente obligatorio. Lo que comenzó hace décadas como un oficio familiar se convirtió en un punto de referencia obligatoria para que familias, visitantes y extraños se detuvieran a comer ese delicioso manjar recién horneado.
Don Antero Arteaga representaba al artesano puro, ese que no trabajaba con balanzas de alta tecnología, sino con el rigor de la experiencia al tacto y olfato. Sus manos, curtidas por los años frente al calor, conocían el punto exacto de maduración que debían tener los cambures, guineos o manzanos para lograr esa textura interna característica que ninguna batidora industrial pudiera replicar hoy día.
El secreto era el amor por lo que se hacía y el conocimiento de los cambures de los fértiles suelos guameños. Harina al punto y un horneado paciente, transformaban los espacios de su bodega en un producto suave, melcochado y rojizo, con una corteza dorada que era un poema a la vista, al sabor y al gusto de la clientela.
La bodega de don Antero era también un dinamizador de recuerdos; en su puerta coincidían los vecinos que buscaban paliar el gusto de una torta con café, sola o con refresco. Al regresar del grupo escolar o de las actividades diarias, consumíamos esa rica torta, que marcó nuestra infancia y juventud.
En tiempos donde la pastelería se ha volcado hacia lo procesado, las tortas de don Antero se erigen como un acto de resistencia cultural. Es gastronomía con memoria; cada bocado recuerda su bodega con el calor del hogar guameño.
El señor Arteaga, con la harina fina, marcó las líneas de sus manos y el orgullo intacto del deber cumplido; de allí que recordar ese olor a cambur horneado nos hace negarnos a olvidar a qué sabe Guama. Las épocas pasan y el mundo se moderniza, pero para este terruño, el tiempo se detiene ante el recuerdo de esas tortas, que aún sentimos como si fuera hoy día, estimados lectores.
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