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martes, junio 16, 2026
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Ismael Montoya…Y todo lo hizo bien

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Habitualmente, los evangelios hacen una síntesis de la vida de Jesús de Nazaret, dejando maravillados a sus seguidores por los prodigios que él hacía. Y entre las alabanzas que recibió Jesús, hay una frase que resume su vida: «¡Bene omnia fecit!» (Mc 7, 37). «¡Todo lo ha hecho admirablemente bien!», porque «¡Deus perfectus homo!» (Perfecto Dios y perfecto el hombre).

El Evangelio nos invita a observar que Cristo se nos presenta como: ¡Modelo para nuestra vida corriente! Porque al imitar a Cristo deberíamos hacer bien todas las cosas, tanto las importantes como las de menos importancia. Ahora, la mayor parte de su vida transcurrió en Nazaret, donde fue conocido por ser un muy buen carpintero. Una buena parte de la vida de un hombre ocurre en su trabajo.

Muchos se sienten llamados a trabajar por fines humanos nobles: mantener su familia, labrarse un mejor futuro; también hay algunos que se dedican a una tarea o a practicar una habilidad o afición para contribuir al bien de la sociedad. Otros trabajan por ambición para lograr riquezas, ambición, poder y obtener lo necesario para satisfacer sus pasiones o trabajar muchas horas con fines solamente humanos.

El Señor desea que quienes lo firman en medio del mundo sean personas que trabajen bien, con prestigio y competencia en su profesión, porque el trabajo, sea el que sea, es un medio donde ejercitamos nuestras virtudes humanas y también las sobrenaturales, pues sabemos que la población del trabajo nos asocia a la propia obra redentora de Jesucristo, quien laboró ​​con sus propias manos en Nazaret, y nosotros deseamos que sea una ofrenda diaria que llegue hasta él; estamos decididos a imitarlo en aquellos años de vida oculta en Nazaret. Y algunos de sus seguidores le han dicho: «¡Maestro, toda la noche hemos estado trabajando!». Toda la noche es un trabajo duro, porque son pescadores y necesitan vivir.

San Pablo nos ha dejado su propio ejemplo y el de los que lo acompañaban: nos afanamos con nuestras propias manos. Y a los primeros cristianos de Tesalónica les escribe: «¡Ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga; noche y día trabajamos para no ser gravosos a ninguno de ustedes!».

San Juan Crisóstomo dijo: “Trabajan con un esfuerzo tal que podrían subvenir a sus necesidades. Un hombre que imperaba a los demonios, maestro de todo el universo, a quien se le confiaban habitantes de pueblos, naciones y ciudades, a quienes cuidaba, trabajaba día y noche, y nosotros que no tenemos una partecita de sus preocupaciones: ¿Qué excusa tendremos?”.

Trabajar bien significa laboriosidad, con perfección, aprovechando las horas y mantener despierto tu espíritu. Una vida sin trabajo se corrompe. La tierra que se deja baldía no produce nada sano, sino malas hierbas, cardos y espinos.

Todo ser se corrompe por la ociosidad y se mejora por la actividad que le es propia.Y esto sirve para la madre de familia que debe dedicar muchas horas a su hogar y a la educación de sus hijos. Para el que trabaja por cuenta propia o para el estudiante, un jefe de empresa y el obrero que ocupa el último lugar en una cadena de producción, debe dedicar muchas horas a su trabajo.

El cristiano debe agregar, además de lo anterior, que lo hace por Dios, a quien cada día presenta una ofrenda. Una tarea así realizada dignifica al que la hace y da gloria al Creador; se hacen rendir los dones naturales, convirtiéndose en una continua alabanza a Dios. Porque queremos seguir a Cristo y tratamos de imitarle, hemos de añadir a nuestros trabajos una mayor perfección, porque el Maestro todo lo hizo bien.

Examinemos hoy en la oración la calidad humana de nuestras tareas, del estudio, y veremos qué facetas podemos mejorar: puntualidad, intensidad, acabar bien lo que comenzamos con ilusión, cuidado de los instrumentos de trabajo.

El cristiano descubre nuevas riquezas en el trabajo, pues todos los caminos de la tierra nos pueden llevar a Cristo. Un santo del siglo pasado decía: «La santidad de la vida diaria no es cosa de privilegiados», y recordaba un hecho que le había servido para enseñar en forma gráfica a los que se acercaban a su apostolado: «Hacer bien el trabajo cara a Dios», y frente a una cadena montañosa dijo: «Este es el trabajo de Dios: ¡Acabar la tarea personal con perfección, con belleza, delicadas formas de piedra, y esto constituía un diálogo con Dios!

Los que gastaron sus energías sabían perfectamente que, desde las calles de una ciudad, nadie apreciaría su esfuerzo. Era solo para Dios. Aunque nadie lo vea, aunque ninguna persona lo valore, Dios sí lo ve y lo aprecia. Esto es suficiente para poner empeño y acabar las tareas con perfección, con amor.

Acabar bien lo que realizamos significa, en muchos casos, estar pendientes de lo pequeño, lo cual exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. El estar en los detalles, por amor a Dios, no empequeñece al alma, sino que la agranda, porque perfeccionamos la obra que realizamos y, ofreciéndola por intenciones concretas, nos abrimos a todas las necesidades de toda la Iglesia, y así nuestra tarea adquiere una dimensión sobrenatural que antes no tenía.

En el trabajo profesional, lo mismo que en otros aspectos de la vida corriente, la familia, la sociedad, el descanso, se nos ofrece siempre esa doble oportunidad. El descuido y la chapuza que empobrecen el alma o la pequeña obra de arte ofrecida al Señor, expresión de un alma con vida interior.

Quiera el Señor Jesús hacernos ver en este rato de oración, detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestra forma de trabajar. ¿Vivo el orden que lleva al abordar las tareas, según su verdadera importancia, o nos guiamos por nuestro capricho o la comodidad?, ¿Interrumpo por cualquier excusa la tarea que tengo entre manos, haciendo perder el tiempo también a los demás?

Con la ayuda de nuestra Santa Madre María Tres Veces Admirable, terminamos este rato de oración con un propósito concreto, ¡que nos mueva a realizar nuestro quehacer con más perfección, lo cual nos facilitará acordarnos con más frecuencia del Señor! Amén.

Leer también: Solicitar más fe

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