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martes, agosto 4, 2026
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Humberto Peinado Vila…Los abuelos, protagonistas siempre

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Sorprendente y a la vez extraordinario por su genial concepción y acabado, pinturas rupestres pintadas y esculpidas en cuevas; al abrirse al público para su contemplación, hubo de cerrarse tiempo después por el riesgo que implicaba su desaparición, al quedar expuestas debido a la alteración del microclima subterráneo y por los visitantes.

Algo parecido a lo acontecido en las cuevas, puede estar sucediendo en el caso de los abuelos: al tratar de resguardarlos cual “jarrones chinos” de esos que se ven pero no se tocan, les estamos apagando, les estamos cerrando las puertas de la creatividad y de la imaginación al restringir y desvalorizar la lucidez mental que aún subsiste y late en su cuerpo, en su alma y espíritu cuando todavía hay alas que aletean y una mente que palpita al igual que su corazón.

Ellos son los pilares de la fe de la religión que profesan, siembran apuntalando con paciencia, humildad y persistencia los hogares, sostienen la casa con las manos y la familia con el alma y el ejemplo y, extrañamente, los vemos a veces en las esquinas de las salas como un mueble más; es la indiferencia que trata de ocultar lo inocultable.

La indiferencia no es siempre golpe, porque el golpe es silencio, silencio que cae como sal sobre las heridas. Quizás en momentos de fraternales emociones recordemos las repetidas voces excluyentes del “Ya, abuelo, estoy ocupado”, la del “no me estés regañando”, cuando la caprichosa sabiduría que irradiaban pretendía evitar o enmendar errores presagiando su repetición, y es aquí donde esa irreverencia hacia quien todo lo dio mata lento.

De esos campos que yacen escondidos en las tierras altas del Yaracuy profundo, recuerdo un episodio que me conmovió sensiblemente, el de un abuelo sentado cómodamente en una especie de taburete que cuelga de un frondoso árbol mecido delicadamente por sus nietos, quienes alegremente le gritan: «¡Abuelo, abuelo!». Palabras sentidas llenas de inmenso amor que hacen relinchar el alma de emoción, y a su lado, sendos perros ladran en señal de júbilo, y eso suscita una expresión plena de admiración al suponer que quizás no haya un escenario más conmovedor y expresivo que este de la campiña.

Un abuelo da consejos sensatos, pensados, validados y tiene memoria para dar; solo piden que no se les guarde en una esquina, necesitan ser lo que siempre fueron, protagonistas, no adornos.
Y aquí vale recordar que son parte de la sociedad que se valora o mide por la forma  como tratan a los viejos, ya que si los escondemos, nos escondemos nosotros mismos, ya que  si los maltratamos con la indiferencia, firmamos nuestro propio futuro, entendiendo que ellos no son carga, son raíz, son brújula, son casa, y la casa se cuida, se escucha, se agradece. 

Al enaltecer y honrar tan significativa fecha, nunca hay que olvidar que ellos fueron  nuestro futuro, y que nosotros seremos su presente. ¡Ah, cosa más bella! Nunca, pero nunca jamás hay que maltratarlos, porque hay maltrato que grita y hay maltrato que calla;  se les maltrata por acciones insignificantes, pero que pesan, que  pegan duro. 

Cuando lo ignoras, menosprecias sus haberes como cuando le retiras su celular para que no moleste, cuando  le hablas como a un niño. Cuando les quitas la voz a los abuelos, les quitas su dignidad, enseñándole a los demás que así se  trata a la vejez, pensando equivocadamente que  “ya vivieron», llegando al extremo de darnos pena su lento y pausado caminar.

Los abuelos no son pinturas rupestres que hay que resguardar; hay que sacarlos a la luz; ellos serán nuestra bitácora, nuestro faro y nuestra brújula.  Honrarlos es darles lugar, es dejarlos que opinen, que decidan, que se equivoquen, que enseñen, porque mientras haya un abuelo vivo, hay mañana  viva.

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