Todo el mundo la cacarea, pero muy pocos la siembran. A diferencia del ave de los 1.000 sabores que cumple su promesa, sirven la mesa con sus posturas, impidiendo con su canto que un intruso se apropie del esfuerzo de su trabajo; es la palabra que más se grita y menos se cultiva.
Durante décadas nos llenaron la boca de dignidad, en campañas, en tarimas, en discursos de posesión donde todos juraron devolverle la dignidad al pueblo, esa que han secuestrado, esa que han envilecido y pisoteado, esa que le han quitado al pueblo, al campesino, al maestro, a los profesores universitarios.
Ellos, los del clan de los mentideros, que al llegar al poder lo primero que hacen es quitarle la dignidad al que piense distinto, al que no aplaude, al que trabaja; por eso es que la dignidad suena a mentira, porque la convirtieron en un eslogan, pero curiosamente la dignidad se puede considerar una forma de arar.
Los abuelos, los eternos referentes, no sabían qué decía la Constitución acerca del respeto y la dignidad humana, pero la vivían; era parte de su personalidad. Para ellos, la dignidad era no recibir nada regalado sin haber trabajado; decían: “Mijo, lo que no le cuesta, no lo cuida”.
Hoy queremos dignidad sin esfuerzo, título sin estudiar y cosechar sin sembrar. Relatos del ayer dan cuenta de lo que acontecía entonces; el patrón de antes no insultaba en público; hoy golpean la dignidad al humillar en público al ufanarse de poder hacerlo.
En los Andes, la dignidad campesina era salir con la ruana limpia, así fuera remendada con la letra legible, aquella aprendida en las lecciones del desaparecido “Acude”, que tan bien caló y enseñó; con la palabra cumplida, el ejemplo cundía.
En los tiempos del ahora vemos cómo se confunde la dignidad con la soberbia al creer que ser digno es dejarse de hablar, no pedir perdón, no reconocer que se equivocaron; eso no es dignidad, es falso orgullo. El hombre digno es el que dice: «Me equivoqué, voy a corregir», como el agricultor que reconoce que labró mal y vuelve a empezar.
La dignidad más maltratada es la del que siembra, pues al que siembra en el campo y en la vida le dicen: «Usted necesita que el Estado lo salve», quitándole su dignidad de productor y convirtiéndolo en mendigo del Estado. El campesino no es mendigo, es un hombre digno porque nos sigue dando de comer sin pedir permiso.
La dignidad se siembra como la yuca, agachado con la mano en la tierra. Un gobernante modelo excepcional no es el que habla de dignidad; es el que, como el buen agricultor, conoce la tierra antes de ararla y pregunta: ¿Cómo está la tierra hoy?, ¿tienes agua?, ¿tienes precio justo? El que ara sin conocer rompe la tierra; el que habla sin vivirlo rompe el país.
Aprovechando la reciente celebración del Día de la Dignidad, deseamos a quienes siembran dignidad con hechos y no con palabras: que nadie les haga sentir que valen menos por trabajar con las manos, que nada les robe el orgullo de hacer el surco o los caminos de la vida, derechos, su clase bien preparada y escribir con asentada pasión y amor sus vivencias, que sigan sembrando aunque los otros solo cacareen sin dejar nada, porque la dignidad la guarda y la resguarda el que sigue trabajando con decencia cuando todos los demás sucumbieron, se vendieron. Y ahora lo que nadie dice.
Dignidad es detenerse antes de exigir, es quitar el ruido, la piedra, la maleza antes de pedir frutos. En estos tiempos borrascosos, dignidad es preguntar todos los días, cada mañana, a su hijo, a su alumno, a su esposa, a su propia tierra: ¿Cómo está tu tierra hoy? Esa pregunta les devolvió la dignidad porque el que ara sin conocer rompe la tierra y rompe al hombre; el que conoce, antes de arar, cosecha. Y eso, ayer, hoy y siempre, es la única dignidad que vale, la que no se cacarea, la que se siembra. Siga sembrando dignidad; la cosecha viene pronto.
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