Aquellos a quienes hemos amado a pesar de su permanencia en nuestros recuerdos, los seguimos enclaustrando en el olvido bajo el pretexto de cuidarlos, de protegerlos, recortándoles lastimosamente buena parte del aliento de vida que aún ostentan. De la pluma maravillosa del escritor colombiano que nos regaló “Cien años de soledad», Gabriel García Márquez, nos han llegado reflexiones que enaltecen el valor y la presencia permanente de quienes hemos amado, al señalar: “El amor no siempre desaparece con la distancia, una despedida o el paso de los años; permanece en los pequeños detalles, en las enseñanzas que recibimos y en la forma que aprendimos a mirar el mundo después de haber compartido una parte de nuestra historia con alguien especial”.
Ahora, al ver y sentir la vejez que llevamos tan desvalida, nos atrevemos en plena lucidez mental a gritar: ¡Ya basta del olvido, de los escondederos; queremos que nos recuerden en vida y después cuando ya hayamos partido!
Nos acostumbramos a esconder a los viejos; los metimos en un cuarto del fondo, le colocamos la TV a todo volumen para no tener que hablarles, les colocamos un pañal como si fuera una etiqueta y les dijimos: “Aquí está bien, aquí no estorba” y con eso lavamos nuestra conciencia, y entonces uno se pregunta: ¿desde cuándo la sociedad decidió que un ser humano deja de valer cuando deja de producir?
Vivimos en una sociedad que se acostumbró a no allanar nuestro camino y por eso tropezamos y caemos una y otra vez. Esa sociedad que nos vendió la idea de que ser viejo es ser inútil y, no obstante, a los viejos maestros y profesores se les está pidiendo que regresen; esa es la vejez que se nos vende y compramos todos sin chistar, esa es la vejez que hoy vaga por aquí y por allá y en buena parte de Latinoamérica, golpeada y exigiendo respeto.
Y aquí no paran los agravios: les quitamos la palabra en la mesa familiar, los enmudecemos, atrevidamente nos burlamos de su lentitud para cruzar la calle, les hablamos como a los niños: “Tómese la pastillita abuelita», les quitamos el derecho de opinar “porque ya no entienden», les quitamos el derecho de decidir “por su bien». No, señores, no es por su bien, es por nuestra comodidad.
El respeto no se decreta en el Congreso, se enseña en la casa; es levantarlos con dignidad cuando se caen, es mirarlos a los ojos y no al piso. Un viejo lúcido estorba porque pregunta, porque recuerda lo que le prometimos y no cumplimos, porque no acepta que le impongan condiciones, porque nos recuerda que nosotros también vamos para allá.
Entonces, si la sociedad quiere un viejo lúcido, hay que dejarlos pensar; no hay que condenarlos a la soledad de un ancianato donde la única visita es la de la enfermera de turno. ¿Cuántos de nuestros jubilados de San Felipe están sentados en una acera con todo un país adentro y nadie les pregunta nada?
Si queremos una vejez tranquila, démosle justicia, pues no hay tranquilidad con una pensión de miseria que no alcanza para los medicamentos, no hay tranquilidad cuando hay que hacer fila para lograr una atención médica. Hemos criado una generación que sabe todo de tecnología, pero nada de ternura, que sabe hacer un video en TikTok, pero no sabe sostener la mano temblorosa de su abuela sin asco; nos estamos volviendo expertos en todo menos en ser humanos. Iniciemos una gran cruzada con una sola bandera: respeto.
Salgamos de ese cómodo estado de hibernación humana, descongelemos los afectos antes de que sea demasiado tarde y seamos nosotros los que estemos en una camilla preguntándonos acongojados dónde están los hijos que criamos, dónde están los alumnos que formamos, dónde está la sociedad que juró no dejarnos solos. La vejez no pide lástima, pide lo que dio amor con trabajo.
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