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martes, octubre 20, 2026
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William López…Un sacerdote valiente y el fin de un héroe

El 6 de mayo de 1799, las autoridades dictaron sentencia contra José María De España, ordenando su ejecución. Era reo de “alta traición” y se ordenó que “…sea sacado de la cárcel arrastrado de la cola de una bestia de albarda y conducido a la horca… que muerto naturalmente en ella por la mano de un verdugo, le sea cortada la cabeza y descuartizado.

Que la cabeza se lleve en una jaula de fierro al puerto de La Guaira, y se ponga en el extremo alto de una viga de 30 pies, que se fijará en el suelo a la entrada de aquel pueblo por la puerta de Caracas; que se ponga en otro igual palo uno de sus cuartos a la entrada del pueblo de Macuto, otro en la vigía de Chacón… otro en el sitio llamado «Quita calzón” río arriba de La Guaira… y otro en la cumbre donde proyectaba reunir a las gentes que se proponía mandar…”.

El día de la ejecución, 8 de mayo de 1799, en la plaza pública, había poco pueblo, alguna tropa y niños presididos por sus maestros; se procedió a la ejecución. Se relata que “cuando hubo llegado España al pie de la horca, el doctor F. José Antonio Pinedo, su amigo y que era uno de los sacerdotes que le auxiliaban, le hizo detener, para que expiase cristianamente un movimiento de orgullo que le había sorprendido a los aprestos de la muerte”.

El cura subió con él las escaleras del elevado suplicio, abrazándole y cubriéndole amorosamente con sus hábitos. El poco pueblo presente quedó atónito; los niños espantados se apretaban unos con otros, alrededor de sus maestros, y muchos, entre los mismos actores, comenzaban a retirarse, mudos y tristes, cuando el sacerdote que había sondeado hasta el fin el espantoso misterio de la muerte, pálido, visiblemente consternado, subió a una cátedra que estaba allí y… dijo: “Dejad, cristianos, que para desahogar mi corazón, me despida un momento del amigo de mis tiernos años, del compañero de mi juventud, del que recogió las efusiones primeras de mi amistad.

Dejadme llorar, como David, al nuevo Absalón, que ha perecido colgado de ese árbol funesto… Satisfecha la vindicta de la majestad terrena, yo no debo acordarme sino del amigo; está ya en las manos clementes de la justicia divina, que lo ha recibido en sus brazos al salir de los míos.

Qué importa la manera con que murió al que está en el cielo? Quizás, aún a los ojos del mundo, en estos malos días en que la sangre de los reyes mancha las manos del verdugo, el patíbulo venga a hacer un título de gloria…?, ¿Qué te diré yo, amigo mío, que de paz sobre los caminos públicos a tus huesos áridos, y lleve un consuelo a tu inconsolable esposa? Que la mano del hombre no es la mano de Dios; que su balanza no es la de los poderes de la tierra, y que mientras estos hieren, aquel corona… Yo debo detenerme aquí en medio de la turbación que domina mi espíritu. Mi fe es de mi rey; dejadme mis lágrimas para mis amigos…”.

Se dice que entre los presentes había un joven de gallarda estatura, de figura marcial y seductora, y, como agitado de funesto presentimiento, soltó las riendas a su caballo y corrió sombrío por las solitarias calles de la ciudad. Su nombre: José Félix Rivas…” Fuente: Documentos para la historia de la vida pública del Libertador. Páginas: 345 a 347.

Leer también: ¡El rancho, no era de ellas!

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