En Guama, a nuestra casa, llegaron unas abejitas. Se fueron estableciendo en un rincón superior del portón que está frente a la casa de la cultura. Ellas tienen un parecido al poema “Los horneros” de Atahualpa Yupanqui cuando expresa: “…En la cumbrera e’ mi rancho/, anidaron dos horneros / y yo, parezco un extraño / y el rancho, parece de ellos. / Juntos trabajan y cantan; /y tuito lo hacen contentos. /Ni se asustan cuando paso, como si yo fuese un perro/ que no estorba, ni hace daño, y lo dejan que ande suelto./ …”.
Y concluye diciendo que: “… el rancho parece de ellos…”. Así transcurría aquella relación sui géneris. Ellas en su rincón, los humanos en la casa. Ninguno molestaba al otro. «Y el rancho parece de ellos… “.
El lunes a media mañana, las abejas, no sabemos la razón, comenzaron a atacarnos. Fue, imagino, un ataque propio del ejército de una superpotencia contra una nación subdesarrollada. No dieron tregua. Miles de ellas, como nubes negras, nos atacaron sin cuartel, sin compasión; lanzaron sus ponzoñas contra nuestra indefensa humanidad.
Aquella agresión violó el territorio familiar, se dirigió a la calle, a la plaza y la violencia de los animalitos se dejó sentir contra varios inocentes. Aquel ataque no se interrumpió en por lo menos dos horas.
No sabía que en este pueblo pudieran existir tantas abejas. Acudimos a las autoridades; atendieron el llamado. Se solicitó intervención de los bomberos; estos vinieron, observaron la escena de la violencia y opinaron que debíamos esperar la noche para poder actuar.
Por fin, llegó la oscura noche y con ella los bomberos con sus bragas de caqui claro, una especie de capucha que les cubría cara y cabeza con una tela hueca que permitía proteger el rostro de posibles ataques y ver alrededor. Solicitaron tres baldes con agua donde vertieron jabón en polvo, lo mezclaron y lo arrojaron al interior de la cueva de las abejas. Estas convertidas en una especie de nube negra, atacaron sin piedad a los bomberos. Estos, luego, buscaron gasolina que usaron contra aquel ejército negro que parecía invencible.
De pronto, comenzaron a caer miles de estos animales agresores y fueron perdiendo fuerza hasta que un silencio reinó en el ambiente. Los bomberos rescataron el territorio perdido y sellaron con cemento la cueva donde vivían las abejas agresoras y, a nuestra casa, regresó la paz pueblerina que siempre reinó en ella.
Epílogo: Horas después de la invasión, restituida la paz cotidiana, comenzamos a limpiar aquel singular campo de batalla; nos extrañó el silencio en la jaula del loro, alma de la casa, adoración de mi fallecida madre, que hace más de cincuenta años llegó a nuestro hogar, obsequio de un buen compadre. Para nuestra triste sorpresa, este dulce e indefenso animalito, que aportó alegrías a aquel cuadrangular jardín, ¡también había fallecido!
Al agradecer a las autoridades su actuación, al ver restablecida la paz quebrantada, con profunda tristeza causada por la pérdida del lorito querido que era otro miembro de la familia, solo me queda decir a las abejas agresivas:“¡El rancho, no era de ellas!».
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