La oposición definida alrededor de María Corina Machado apuesta por ratificar esa curiosa simbiosis que los define como esencia, exhibiendo con orgullo los mismos tropezones de siempre —o, siendo justos y comprensivos, reintentando por enésima vez lo que ya demostró con creces no funcionar jamás—. Presentan un presunto plan de transición que resulta ser apenas un catálogo de intenciones vaporosas, tal vez concebido a toda prisa por alguna inteligencia artificial que maquilla con sinónimos elegantes la vaciedad estructural de una permanente oferta política incapaz de alcanzar siquiera el modesto rango de borrador de trabajo.
Las carencias analíticas de dicha cúpula se vuelven casi cómicas cuando pretenden revivir en modo muerto viviente el ya manoseado acuerdo de Panamá que, al ser la copia degradada de una copia de otra copia, solo tiende a degenerar en error sistemático con cada nuevo proceso de repetición.
Tras los sucesos del 3 de enero y sus previsibles implicaciones, se abrió en el país la magnífica e histórica oportunidad de elevar la política, es decir, de hacer política con mayúsculas y verdadera: no la que se ejecuta en perpetua desventaja, ni la que se hace por simple supervivencia desesperada, ni mucho menos la que se gestiona pensando solo en el beneficio particular.
Dicho de otro modo, la coyuntura de la captura de Maduro libera cualquier atadura situacional y antiética para la elevada tarea de rescatar discursos, escenarios, contextos y, sobre todo, posturas firmes que la sociedad pueda valorar como salidas oportunas a la profunda crisis que nos agobia.
Vista la posibilidad real de crear nuevos lemas, diseñar modelos inéditos o aplicar fórmulas que nos eviten pisar el barro ya marcado como estéril y vacío, ¿a qué podemos achacar semejante terquedad? Que el oficialismo solo sepa ceñirse a un libreto rígido se explica muy fácil, pero ¿por qué la oposición insiste en redundar en su propio precipicio?
Una primera explicación la ofrece el divorcio innegable entre el pueblo y su dirigencia. Cabe concluir que, aun en el caso de la propia MCM, su pretendida popularidad (precisando que el verdadero liderazgo es una cosa muy distinta) es el producto de un llamado puramente emocional al descontento que con tanto esmero ha sembrado el Gobierno. Tal fórmula aplica en mayor o menor grado a las regiones, pero siempre bajo la estricta condición de la antítesis. De esta manera, la supuesta fortaleza de estos líderes proviene del rechazo producido por el Gobierno nacional, y casi nada de propuestas o estrategias propias. ¿Recuerda usted el plan de gestión o la oferta electoral de algún opositor?
Para buena parte del país, la respuesta a la pregunta anterior es irrelevante, lo cual no solo explica la terquedad de la dirigencia, sino que revela un peligro político inminente. En 1998, el enojo hacia los partidos fue inflado y luego capitalizado por Hugo Chávez para prometer un cambio radical; ya vemos dónde estamos. Que un político alimente su capital con la rabia exige un elector con ganas de castigar y romper todo.
No es un invento, es una regla milenaria. Vean cómo actualmente en Francia, ante protestas que buscan debilitar el sistema y la inacción del Gobierno, la opción radical de Marine Le Pen se disparó en cuestión de horas.
Llegamos así a un hito curioso por su falta de grandeza. ¿Qué trae este “nuevo” acuerdo de la PUD (antes MUD, antes Coordinadora, antes cualquier etiqueta)?, ¿qué es eso que no hayan intentado vender en cada proceso fallido de cambio? Nada, absolutamente nada. Es un planteamiento diseñado para desenterrar momias, invocar fantasmas y revivir zombis políticos que, si no es colgados de ese tramposo pretexto de cambio, no ganarían ni un concurso de disfraces.
En eso estamos: viendo a los mismos actores de hace 27 años enfrentando al mismo gobierno de hace 27 años, con las mismas mañas de hace 27 años, pero jurando que esta vez sí es distinto… porque sí, ya que pensar y cuestionar parece estar prohibido.
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