En aquellos tiempos, cuando Nuestro Señor vivió su vida pública, un leproso se acercó al Señor y le dijo: «¡Si quieres, puedes limpiarme!». El Señor, que siempre desea nuestro bien, se compadeció de él, lo tocó y le dijo: “¡Quiero, quedas limpio!”. Al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio. Aquel hombre se arrodilló, postrándose en tierra como señal de humildad, para que cada uno se avergüence de todas las manchas de su vida.
Pero la vergüenza no impide la confesión. El leproso mostró sus llagas y solicitó el remedio con piedad, reconociendo que el poder de sanarse estaba en manos del Señor, y en sus manos está el remedio que necesitamos. El Señor nos espera todos los días en la Sagrada Eucaristía y está real, verdadera y sustancialmente presente con su cuerpo, sangre y divinidad; se encuentra con el esplendor de su gloria.
Cristo resucitado no morirá nunca más; su cuerpo y su alma permanecerán unidos al verbo para siempre. El misterio de la encarnación del Hijo de Dios está contenido en la hostia consagrada y en la riqueza de su santísima humanidad. En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso: “Quiero, queda limpio”. El mismo a quien alaban los ángeles y los santos por toda la eternidad.
Ahora bien, cuando nos acercamos a un santuario, quizás repetimos ese himno que Santo Tomás creó como expresión de fe y piedad de la Iglesia, y que muchos cristianos usan como oración personal: ¡Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo esta apariencia!
A ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte. Al juzgar de ti se equivoca la vista, el tacto, el gusto; pero basta con el oído para creer con firmeza. ¡Creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta palabra de verdad!
En la cruz se escondía solo la divinidad, pero aquí también se esconde la humanidad: creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido. No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios. ¡Haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, que te ame! Esta maravillosa presencia de Jesús en medio de nosotros debería renovar cada día nuestra vida.
Cuando recibimos la eucaristía o le visitamos, podemos decir en sentido estricto: “¡Hoy he estado con Dios!”. Nos hacemos semejantes a los apóstoles, a los discípulos y a las santas mujeres que seguían al Señor por los caminos de Judea y Galilea. “Non alius sed aliter” (“no es otro, sino que está de otro modo”), suelen decir los teólogos.
Se encuentra aquí, con nosotros, en cada ciudad, en cada pueblo. ¿Con qué fe le visitamos?, ¿Cómo disponemos nuestra alma y nuestro cuerpo cuando nos acercamos a la comunión? El cuerpo del leproso quedó limpio al sentir la mano de Cristo, y nosotros podríamos divinizarnos al contactarnos con Jesús en la comunión.
Toda la vida del alma sacerdotal de Cristo, con su intelecto y voluntad, está presente en la hostia consagrada, y de forma inefable se encuentra con su cuerpo glorioso, sin dejar jamás de ser Dios y nuestro gran salvador. Nuestro gran fracaso sería que no pudiesen aplicar aquellas palabras del Espíritu Santo escritas por San Juan: “¡Vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron!”.
El Señor Jesús es un bondadoso pelícano: “¡Límpiame con tu sangre de todos mis pecados; tan solo una sola gota puede liberar todos los crímenes del mundo!”. Si tuviéramos más fe, se realizarían en nosotros los mismos milagros que si tuviéramos contacto con su santísima humanidad. ¡Señor, haz que yo crea más y más en ti! Porque en la comunión el Señor no nos ofrece solo un alimento espiritual, sino que él mismo se nos da como alimento y nos da la vida eterna.
El jefe y maestro viene a cada uno de sus discípulos con amor personal, eficaz, creador y redentor; como salvador, nos ofrece su amistad. Este sacramento es un alimento insustituible. En contacto con Cristo, el alma se purifica, encontrando el vigor necesario para ejercitar la caridad durante los mil incidentes de cada jornada y realizar con valentía y espíritu de sacrificio el apostolado que Jesús nos encargó.
En la sagrada eucaristía encontramos remedio para esas dejaciones que no matan el alma, pero la debilitan conduciéndola a la tibieza. Ahora bien, la comunión fervorosa nos lleva eficazmente a Dios por encima de nuestras cobardías. Y así como el pan ordinario está en proporción al hambre terrenal, así Cristo es el pan extraordinario que proporciona al hombre la fuerza necesaria para abrir paso a aspiraciones infinitas.
Con Santo Tomás de Aquino podremos decirle a Jesús presente en la sagrada eucaristía: “¡Imploro la abundancia de tu infinita generosidad para que me acerque a recibir el Pan de los Ángeles, al Rey de Reyes y Señor de Señores, con contrición y piedad, como conviene a la salud de mi alma! Amén”.
Amigos yaracuyanos, nuestra Madre María, Tres Veces Admirable, nos impulsa a tratar a Jesús Sacramentado hasta que sea un amigo, confidente y verdadero guía.
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