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miércoles, septiembre 23, 2026
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William López…Todo fue un espejismo

Uno de los grandes inventos de la humanidad es el teléfono. Este instrumento nos brinda la dicha de vencer las distancias entre los seres humanos y permitir por lejos que nos encontremos de un ser querido, el contacto con él. Este, es un gran logro del  servicio telefónico.

Este medio de comunicación es esencial para la vida humana. A veces este instrumento falla. Cualquier falla en la comunicación telefónica ya los técnicos en la materia la saben detectar y solucionar de manera inmediata. 

En Guama, ese “pueblito evocador” incrustado entre montañas y valles en el centro del estado Yaracuy, existe la peculiaridad desde hace varios años de que cualquier problemita,  entiéndase, problemita por elemental que parezca, se transforma en un inmenso problema al que no se consigue solución.

Personalmente, me ha tocado vivir una experiencia desde hace cinco años, aproximadamente: el teléfono de mi casa presentó fallas; acudimos a la empresa respectiva, vinieron a los tres días y los empleados encargados de la solución del problema nos informaron que era un cable que se había desprendido del poste que nutre de energía y da vida al teléfono. Se solucionó el problema.  Quedamos satisfechos; la comunicación, por supuesto, volvió al hogar.

Dos meses después, se presenta una nueva falla. Volvimos a quedar incomunicados. Realizamos las gestiones pertinentes ante el ente respectivo y amablemente nos informaron que se encargarían de la solución.

Vinieron los días, las noches, las semanas, los meses y pasaron cinco  años y nadie se encargó de la solución, y durante ese lapso no fue posible en nuestra casita disponer del servicio telefónico. Eso sí, mensualmente facturaban la tarifa que debíamos pagar por un servicio que no existía.  

Por fin, hace 24 horas sonó el timbre telefónico. Escuchamos el ring y no le hicimos caso. Lo ignoramos. Una visita que disfrutábamos nos hizo saber que el teléfono estaba sonando, que por qué no lo atendíamos. Se le respondió que él repicaba, pero lo que  escuchábamos era un ruido desagradable y nadie hablaba. Es decir, no teníamos servicio.

La visita insistió en que se atendiera el teléfono. Para complacerlo, fui y atendí. Del auricular, una voz saludaba del otro lado. Era un amigo que llamaba para hacer unas preguntas. Lo  atendí sorprendido. 

Así al terminar la conversación le hice saber que en cinco años era la primera persona a quien se le escuchaba la voz por el teléfono.  No sé cuál es el santo de las comunicaciones, pero creo que fue un milagro, pues,  había cesado la negligencia consuetudinaria en la empresa telefónica de este país. 

Han transcurrido 24 horas del regreso del servicio telefónico a mi hogar. Pensé, serán los americanos que se llevaron a Maduro que están reparando las líneas telefónicas, y concluî: Bueno, sea quien sea, ganamos una.

Hace diez minutos, traté de llamar y no había tono. El ruido que sentimos día a día, desde hace cinco años, regreso al auricular y, por supuesto, continúa la falla. La felicidad, duró una tarde, una mañana y media tarde. Así está el país. Nada mejora. Todo sigue igual. Los invasores se aliaron con los gobernantes invadidos y los males continúan. ¡Pobre patria mía!

Leer también: No aceptamos más teatro

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