Las mesas de dos patas son insostenibles por imperio de la fuerza de gravedad y razones de equilibrio; nada sobre ellas se podrá sostener por mucho tiempo y, si acaso se logra su estabilidad, estará siempre en peligro de caer, y no basta con poner una chapa, taco o pedazo de papel bajo una de sus patas para hacer fuerza.
Su destino es que, al menor tropiezo de quienes a ella se sientan, termine en el suelo. Por eso es interesante pensar que lo ocurrido en la madrugada del 3 de enero de este año generó un impacto lo suficientemente fuerte para generar la visibilidad de las otras patas, más que hacerlas aparecer, porque siempre han estado allí, lo que, para bien o para mal, está generando un mínimo nivel de estabilidad a los diálogos y acuerdos que se construyen entre las fuerzas políticas que conducen y quieren conducir el país.
Por una parte, están los que esa nefasta madrugada, en su mente o en sus manos, tomaron su fusil, levantaron un misil antiaéreo y fueron derrotados por la fuerza del enemigo o desarmados por los diferentes argumentos de sus propios amigos. Estos son los que mantienen una posición radical de rechazo a la situación imperante del sospechoso tutelaje y que claman por la radicalización de las acciones en contra de quienes siempre consideran el malvado y el endurecimiento de las medidas para castigar al invasor, es decir, continuar en la dirección que se tenía antes de la oscura noche.
Frente a ellos están los que han visto en el cambio de escenarios y personajes la oportunidad de asumir cargos y posición política a la que de otra forma no tendrían oportunidad, pues miraban cómo antes del maremágnum el acceso al poder se parecía bastante a una feria medieval en donde el cetro era heredado o entregado a los señores más cercanos al trono y no a quien sintiera que lo merecía o que en buena lid y justa batalla lo ha ganado.
Entre los primeros y los segundos está pendiente un torneo para dilucidar quién es el verdadero adalid, no un ungido más; están en busca de quien será capaz de sacar la espada en la piedra y reinar entre todos con honor y justicia.
Del otro lado están los opositores de siempre, que ven en la nueva situación la ocasión, otra vez, para seguir haciendo la misma oposición que han venido haciendo y con ello lograr los cambios que el país necesita.
Porque en realidad ellos no necesitan que nada cambie, ellos están bien, y quien necesita cambiar es el país, reconocer que no lo hizo bien, que lo hizo mal, que deben rectificar, salir y reclamar sus derechos, la satisfacción de sus necesidades y que ellos, solo ellos, son la salvación.
De ese mismo lado de la mesa está la cofradía de los ilustres desconocidos, personajes que se arriesgaron al abordar una curiara que hacía aguas desde el primer momento y donde los patrones les ofrecieron como destino Caracas, la Asamblea Nacional y tal vez alguna Gobernación, pero que desembarcaron en el exilio, en cualquier puerto del mundo y ahora, guapos y apoyados, reclaman su derecho a seguir en su país, en la lucha política, con más esperanzas que siempre de conseguir un puesto en los futuros gobiernos.
Mientras tanto, la mesa, formada por todos ellos, miembros de una Asamblea Nacional que parece extinta y no lo está, que están dialogando con la otra que parece tener poder, pero que no lo tiene; se entretiene tratando de resolver con quién y cuándo negociar los recursos naturales de la nación, el sistema eléctrico nacional y los damnificados por el terremoto; el venezolano común espera resultados más prácticos para sus deseos que esas cosas; él solo espera votar y elegir a un nuevo presidente.
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