Un buen amigo me prestó el libro “Confesiones de un esbirro”. Su autor es el señor Braulio Barreto, exmiembro de la Seguridad Nacional, la policía política del régimen del general Marcos Pérez Jiménez. La obra contiene testimonios relativos a la nobleza del funcionario: “… En política como en guerra, no se puede ser demasiado noble; tampoco en lo tocante a la misión de un policía puede haber nobleza. Yo, particularmente, así lo creo; por consiguiente, no soy noble; no cuando de cumplir con mis funciones se trata, tampoco son nobles mis superiores, ni mucho menos lo son aquellos que a su vez son superiores de mis jefes”.
Nos habla de las famosas torturas: “… Eran pasadas las 2:00 de la mañana. Algo gordo había, así que decidí quedarme. Me detuve un instante para darle fuego a un tabaco, entonces vi subir por las escaleras a dos detectives llevando por delante a tres detenidos. Estos subían casi sonreídos, cosa que me causó bastante lástima, puesto que, de haberse imaginado ellos lo que les aguardaba, seguramente habrían subido aquellas escaleras llorando. Por ello estaba allí nuestro director.
Se veía que aquellos detenidos habían estado separados de los demás detenidos, es decir, que ignoraban o habían creído que lo que se hablaba de torturas eran solo fábulas inventadas; pero ya iban a saber la verdad. Terminé de bajar y al rato me encaminé hacia la sección político-social. Allí estaban los tres tipos; a dos de ellos los conocía muy bien, al otro, no. Un detective vino por los hombres y los condujo al dormitorio que hacía las veces de «sala de interrogatorios».
No pasaron muchos segundos cuando empezó a oírse la danza de las canciones… La planazón, los golpes y los manguerazos dejaban oír su canción de dolor, seguida de ayes lastimeros de quienes juraban y rejuraban que iban a decir «todo”, ¡y por Dios, que lo dijeron!”.
Se narra cómo eran los allanamientos a las viviendas de los opositores al régimen: Cuando llegamos al sitio objeto de nuestro interés, dejábamos estacionados los vehículos en diferentes lugares rodeando la manzana, y nosotros, también y desde diferentes direcciones, nos acercábamos a la quinta, a la casa o al edificio en donde estuviera residenciado él o los elementos por quienes se iba.
El jefe de la comisión iba directamente a la puerta; los demás rodeaban la casa, mientras la Brigada de Asalto escalaba las paredes de la azotea. Se esperaba hasta que estos se introdujeran en la vivienda y se situaran junto a la puerta de entrada; solo entonces el jefe de la comisión, protegido desde adentro, pulsaba el timbre o daba golpes a la puerta y despertaba a los habitantes.
Muchas veces —en la mayoría de las ocasiones— eran nuestros hombres de la Brigada de Asalto los que nos franqueaban la entrada y entonces en el sueño o a medio despertar a los sospechosos. Debo advertir que todos o casi todos estos allanamientos se efectuaban aprovechando las horas de la noche. …”. En fin, toda una historia de terror, de violación de derechos humanos. Leer este tipo de obras contribuye a crear conciencia popular para defender nuestro sistema democrático y evitar la vergüenza latente de las dictaduras que, alertas, esperan la oportunidad de reaparecer.
No es justo. Venezuela no merece que aún en el 2026 existan presos políticos, torturados y desaparecidos. Los agentes de la dictadura, como el autor del libro referido, ya saldrán al cesar esta vergonzosa pesadilla y escribirán sus memorias tratando de justificar sus maldades.
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