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miércoles, julio 29, 2026
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Luis Tesorero…Colombia y el gas natural de Venezuela

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El vecino país consume cada año cerca de cuatrocientos millones de pies cúbicos de gas natural del petróleo y la demanda crece un cuatro por ciento anual, lo que hace lógico suponer que a ese mismo ritmo crece su economía y prosperidad.

Para satisfacer sus necesidades para cocinar, el transporte, la industria química y generar electricidad, Colombia cuenta con reservas probadas que, al paso actual, se agotarán en seis o siete años, tal vez un poco más porque existen grandes recursos sin desarrollar costa afuera en el mar Caribe. Sin embargo, las necesidades internas actuales no están siendo cubiertas en su totalidad por la industria petrolera colombiana, lo que genera un déficit que podría llegar al 27 % del consumo.

Esa diferencia es cubierta con un método interesante: a los puertos de Cartagena de Indias, Guadalajara de Buga y La Guajira llegan desde Medio Oriente grandes buques transportadores de gas que fue convertido en líquido y allí, millones de pies cúbicos del producto, son reconvertidos en gas nuevamente en plantas llamadas de regasificación e inyectados al sistema nacional de distribución para su consumo. Esta parte del proceso genera grandes beneficios a los inversores en un negocio que se perfila como seguro, estable y creciente año con año, mientras a los consumidores les aumentan el precio al mismo ritmo.

En Venezuela, mientras tanto, las reservas de gas no parecen tener fecha de caducidad o de agotamiento a largo plazo, y la demanda interna es solo una muy pequeña porción de la producción y lo destinado a la industria petroquímica y de generación eléctrica también es una pequeña porción; en tanto que las reservas probadas con facilidad triplican y hasta cuadriplican las necesidades de los vecinos.

Este panorama de gran producción y poco consumo trae como consecuencia que se desperdicie mucho gas por falta de infraestructura, y si bien en el oriente existen varias plantas, y otras tantas en el occidente, que le dan uso y contribuyen a su comercialización internacional, el margen entre lo producido y utilizado sigue siendo bastante grande.

El asunto es claro. Los venezolanos deberíamos vender gas a Colombia, que lo necesita con urgencia. Es lo lógico. Es lo natural. Y no ocurre por razones poco sólidas. La primera excusa es que construir gasoductos es caro. Es cierto, no son baratos; en cambio, cualquier inversión podrá ser cubierta y dar ganancias a mediano plazo y, a fin de cuentas, si los colombianos quieren mantener y acelerar su ritmo de crecimiento económico y social, hacer esa inversión es una jugada lógica.

En sentido negativo, el proyecto de un gasoducto binacional, que ya existe y aún no se termina, tiene una tesis en contra, la longitud, pero existe la tecnología y los medios económicos; allí está el ejemplo del gasoducto que va del oeste al este de China con una longitud total de 8.704 km y que opera desde 2004.

Otro factor aludido en contra es la inestabilidad política de la frontera entre ambos países, que hace temer a sus gobernantes el racionamiento o el cierre de la válvula de paso, como ocurrió en Europa del Este, cuando ocurrieron desavenencias con su proveedor ruso.

Y quizás el escollo más alto a salvar en un negocio internacional de esta naturaleza son los intereses de grupos económicos que ven en la regasificación y el ajuste de las facturas de los servicios un negocio marginal que produce excelentes ganancias con poco o ningún riesgo, sin importar que sean los más pobres quienes paguen cada centavo de la factura con el sudor en la frente y el dolor en sus manos.

Leer también: Un país sin héroes

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