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martes, julio 21, 2026
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William López…Reflexiones frente a un jardín

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Los vínculos con nuestros semejantes presentan rasgos comunes a los que se originan en la relación directa que pueda existir entre los seres humanos y el reino vegetal. Soy un enamorado del sorprendente mundo de las plantas. A ellas les hablo, con ellas convivo. En esa convivencia, experimento grandes emociones que podrían considerarse momentos de felicidad.

Creo que emerge de la naturaleza el estímulo de hermosas e intensas emociones que llevan a comprender en gran medida aquel repetido elogio de Fray Luis de León a la vida en el campo:
“¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida senda,
por donde han ido los grandes sabios
que en el mundo han sido…».


Nos lleva a captar el mensaje de ese regalo de Dios a Venezuela llamado Andrés Eloy Blanco, cuando le describe a su madre aquel mundo natural que extraña:

“…; ¿Dónde hallaré camino mejor que
la vereda que a ti me lleva, madre;
la vereda que corta por los campos frutales, pintada de hojas secas,
siempre recién llovida,
con pájaros del trópico,
muchachas de la aldea,
hombres que dicen: “Buenos días, niño”,
y el queso que me guardas
siempre de merienda? …”.

Hace aproximadamente dos años, se presentó en un bonsái logrado con una mata de semeruco que tenía una edad de dieciocho años, un repentino proceso degenerativo que me llevó a realizar una poda tratando de salvarla. La matica terminó su ciclo vital.

Pero varias de las ramitas podadas continuaron su vida lenta y menuda en aquel improvisado matero que prestó sus servicios de madre sustituta. Hoy, esas ramitas son plantas independientes de hermoso, abundante y menudo follaje, vestido de un verde intenso agradable a la mirada que se posa en nuestro jardín. Ese que era el templo y reino de mi madre, hoy en la casa del Padre eterno.

Esas antiguas ramitas, en ejercicio del derecho a la vida, después de una romántica floración, nos han sorprendido con unas pepitas rojas, es decir, con frutos, muy pequeños, pero frutos. Todo parece ante mi ingenuo razonamiento que los semeruquitos agradecidos dicen: «Aquí estamos, conoce a tus nietos y agarra los que quieras, pruébalos. Les hemos dado vida para ti, que nos has hecho tanto bien».

Lo narrado motiva una reflexión: en esta tierra, en esta patria creada para todos. Sobre este suelo fértil, bajo este sol que nos ilumina, frente a tanta agua dulce pura y buena, ¡es necesario renacer!
Sí, pero ese renacimiento no puede ser para unos pocos que ven nuestro territorio, sus riquezas y los bienes que nos suministra, como para aprovechamiento exclusivo de un grupo de deterministas que desean tomar el control para el despilfarro y la vergonzosa práctica del exclusivismo inhumano que se ha tratado de extender en Venezuela durante más de dos décadas.

No podemos demorar este paso decisivo para continuar existiendo como nación. Hay un grito que no se puede callar y que exige el regreso a la Venezuela de los derechos inherentes al ser humano en cualquier nación civilizada.

Leer también: Es posible la solución al problema del agua en Guama

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