Desde este ruedo, los venezolanos buscan desesperadamente una rendija que les dé luz para asaltar el futuro. Como la pólvora en los cartuchos de los revólveres congelados. Plantadores de estiércol en la sombra de la tormenta. Como la angustia de un filoso cuchillo y el puño del pan magro que tragan los muchachos sucios de sombras y de sueños, mineros de la muerte en la cantera de la aurora, y los harapos de las madres, higuera de los cielos abrasados.
Entre el pavoroso tesoro del hambriento, el eterno basural de los zamuros, buscando vida a dentelladas, hambre embistiendo en ciegas oleadas que solo pan y soledad devora. Es la mano del hambre la que guía este sordo destino, esta aventura por donde el hombre asoma cada día como una indominable dentadura. En el paso del hambre y de la lluvia se agiganta la sombra de la muerte.
Pan, libertad, Dios, olvido, día a día buscando por sustento y hombre a hombre como un niño perdido, como un instinto de animal hambriento. Amargo pan, libertad negada, amor que es odio, paz que es turbia guerra, seco rencor que nunca olvida nada. Dios que desde su altura nos destierra. Pan pide la mano cerrada y la mano extendida, la que amenaza y la que codicia, la que acaricia y la proletaria.
Seguimos con el hambre todavía. El hambre es el primero de los mandamientos. Tener hambre es la primera cosa que se aprende. Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos. Donde la vida habita siniestramente sobre la madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre sobre la faz de la tierra.
Baja del cielo, libertad sagrada, hazte carne en el seno de la huerta y entre dolor y sangre un día hermoso nos nacerás entera. Día de redención, de amor, de gloria, será el día del parto en invierno, y de sangre y dolor, de sol y de vida cuando tú te hagas nuestra. Por ti el despertar de la armonía, el sueño humano en pleno día, la paz por ti, la paz sobre la tierra.
Salgamos a buscarla en los campos, en las ciudades, en las bodegas, en las calles, en las esquinas, en el mercado, en el solar. Gritemos que hay hambre en oleada atroz. Que hay hambre y a montones. Que sin moneda no se compra pan. Que los que saben sepan lo que pueden saber y los que estén dormidos que sigan durmiendo.
En muchos días el aire cambia de aire. Nos espera tu sombra apercibida. Nos espera tu sombra acuartelada. Vuelve tu rostro, capitán, tu noble rostro. A ti volvemos nuestros ojos, para vencer el llanto, la fatiga, las soledades que amenazan el sitio donde ardía la llama de las cepas de plátanos en otros tiempos.
Dios airado de la guerra. Poderoso capitán de la ternura, padre Libertador, escúchanos: somos ecos de tu clamor, somos reflejo de tu luz perdurable, somos tu aliento, tu esforzada batalla por liberarnos de la miseria y de la sombra, tu don de vaticinio compartido.
Simón, capitán, se divisa tu espada… La paz, el pan, trigo para el mundo que construiremos. Tomemos el arma y elijamos un ejército. No es día de contar historia. Es día de alumbramiento. De empezar otra historia y otra patria. A crecer, a sembrar la tierra otra vez.
Desde este cruce de sueños y caminos. Desde esta cima y estos vientos encendidos de frío, de furia y de esperanza. Bebamos el vino en la taberna compartiendo con la gente más sencilla. A cantar, a organizar, a trascender en la historia. A sumergirnos en las aguas turbias del pantano y buscar la quinta esencia, para vislumbrar los tiempos que vienen y los contenidos que traen.
A dejar para siempre en la caja fúnebre a los estíticos mentales. Es hora de alzar puño y palabra; así sepa que rompe nube, la palabra hay que echarla contra quien sea, porque es mejor perder el habla que temer hablar, como decía el cantor. Así nos llamen simios, monos tropicales, lascivos seres, megalómanos incorregibles, niños malos, pendencieros, petulantes advenedizos, africanos, caciques motilones, hombres sin país o de la levita gris.
Podrán faltar el aire, el agua, el pan. La fe jamás. Al romper el día, al filo de la madrugada, con propias armas, con montura nueva, con caballo propio. A sablazos y a espadas sostenidas. A puño limpio desde este remoto villorrio en las vueltas del camino. ¡La luna alumbra nuevas intenciones! Viaje admirable, viaje alucinado, para el viaje de sangre en rebeldía al borde de la trocha tempranera. Treinta, cuarenta, sesenta hombres, hombres en filas, huellas en el polvo, rostros inconclusos. Si nos diéramos las manos, si formáramos la rueda sin mirarnos la cara, sin saber quién es quién… sesenta, cien mil, doscientas cincuenta mil veces mil manos fueran el perímetro exacto, con un poco de tierra, para vivir otra vez, para vivir a la vez.
¡Sangre fresca!, ¡Contingente nuevo!, ¡Ancha faja!, ¡Cacha negra!, ¡Algún dinero!, ¡Capellada fina!, ¡Nuevo amanecer!, ¡Hombre ideal, renovación!, ¡A liberar!, ¡A restaurar!, ¡A madrugar!, ¡A insurgir otra vez1, ¡La luna alumbra nuevas intenciones!, ¡Desde esta sociedad del hambre, donde los estúpidos nos impusieron la desesperanza y el caos como un destino, pero aun así seguiremos empujando el sol para que la madrugada nos cobije con cien millones de brazos!
Quien quiera entender, que entienda, y no hay que hacer el papel de estar perfumando mierda.
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