El 28 de julio de 2024 quedó grabado en la memoria colectiva como el día en que el pueblo venezolano, de manera abrumadora, pacífica y cívica, firmó su propio destino en las urnas a favor de Edmundo González Urrutia. Sin embargo, la cronología política que se ha venido desplegando desde principios de este año revela una realidad desgarradora: ese torrente de soberanía popular ha sido proscrito, dejando al ciudadano común al margen de las decisiones que definen el futuro de su propia patria.
Hoy, el electorado venezolano experimenta una profunda exclusión, una orfandad política en la que encontramos una analogía moral perfecta en la obra maestra del cineasta Luis Buñuel, Los olvidados (1952).
Al igual que aquellos jóvenes marginados de los suburbios de Ciudad de México, que no existían para las instituciones ni para los planes de desarrollo y eran tratados como un residuo social incómodo, los millones de venezolanos que votaron por un cambio corren el riesgo latente de convertirse en los olvidados de la geopolítica actual.
La ruptura de la narrativa democrática comenzó a materializarse con fuerza el pasado 4 de enero, cuando desde Washington el secretario de Estado Marco Rubio fijó la postura oficial de la nueva administración norteamericana.
Al catalogar el proceso del 28 de julio bajo parámetros que imposibilitaban la asunción directa del candidato opositor, la balanza de las decisiones se movió drásticamente fuera de nuestras fronteras. Esta postura de fuerza obligó a los factores democráticos locales a archivar la proclamación de los resultados genuinos para amoldarse a una nueva partitura.
Entre los meses de enero y marzo, el desfile de personalidades de la oposición hacia los pasillos de Washington se volvió habitual. Al regresar, pretendían justificar ante el país como algo sumamente positivo, prioritario y trascendental el estricto cumplimiento de las tres fases delineadas por la Casa Blanca: estabilización, recuperación y transición.
Pero en ese libreto, diseñado con la meta puesta sobre los intereses energéticos y estratégicos del Gobierno de Donald Trump, el mandato soberano de la voluntad popular fue relegado a un segundo plano.
Esta flagrante exclusión de las mayorías alcanzó su punto más nítido recientemente, con la reactivación formal de los mecanismos paritarios de negociación en las llamadas mesas de Panamá y Caracas. El proceso ha decantado en una puesta en escena donde el tutor norteamericano actúa de manera individual, moviendo las fichas a su conveniencia.
La designación y el envío de la doctora Dinorah Figuera, en representación de los factores que se asocian al interinato y bajo el cobijo del Departamento de Estado, para reunirse directamente con el representante del gobierno interino Jorge Rodríguez, marca el inicio formal de esa «tercera fase» de transición tutelada.
Para decirlo en buen lenguaje criollito: los Estados Unidos se despachan y se dan el vuelto con nuestra situación política. Mientras los representantes de la cúpula oficialista y las figuras de las comisiones parlamentarias acuerdan agendas bajo el visto bueno de la embajada norteamericana, el ciudadano que arriesgó todo en la mesa de votación observa desde la acera de enfrente, sin un solo mecanismo vinculante o directo que valide su representación popular.
La pérdida de soberanía es, ante todo, un doloroso desamparo humano. En la película de Buñuel, el drama alcanza su cúspide en el personaje de Pedro, quien busca desesperadamente el amor y la protección de su madre, solo para encontrarse con el frío muro del rechazo y el abandono absoluto.
El electorado venezolano padece hoy una orfandad similar. Salió a votar masivamente buscando el amparo de la institucionalidad y la democracia, y hoy es rechazado por una dinámica internacional y local que prefiere la conveniencia de un pacto de élites a la crudeza de la verdad expresada en los votos.
En nombre de una supuesta paz, de la estabilidad petrolera y de un bienestar diseñado en oficinas extranjeras, se está consumando la invisibilización del soberano. Si las fuerzas vivas del país no reaccionan ante este tutelaje absoluto, el glorioso 28 de julio dejará de ser el hito de la liberación para convertirse en el acta de nacimiento de los nuevos olvidados de la política contemporánea.
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