Que el llamado socialismo del siglo XXI llegó envuelto en conceptos etéreos, frágiles en la práctica, pero deslumbrantes en la teoría, se entiende. Las utopías tienen esa ventaja: funcionan mejor en el papel que en la vida real. Lo difícil es comprender la fe que todavía despiertan, ya sea en su versión clásica —sinónimo histórico de fracaso— o en variantes que le agregan globalismo, wokismo y otros adornos ideológicos a una ecuación que siempre termina dando pobreza.
Venezuela es una lección sobre cómo la manipulación puede instalarse en una sociedad dispuesta a creer en sus mesías, incluso cuando la factura llega con inflación, exilio, hambre, apagones y una lista de desgracias que, según el día, son culpa del imperio, la lluvia, la sequía o alguna conspiración recién descubierta.
La implantación del socialismo —o de esa vaciedad personalista llamada chavismo— no fue un experimento de ensayo y error. Fue una metodología. Muchos de los desentendidos de hoy fueron creyentes fervorosos ayer, aunque aseguren que apenas pasaban por allí cuando se repartían las consignas, los aplausos y los cargos.
La igualdad fue presentada como una virtud absoluta, pese a que la naturaleza humana demuestra que las personas no son idénticas en capacidades, deseos ni esfuerzos. También apareció la justicia social, entendida como una reivindicación mediante la cual se despojaba a unos de sus bienes, no para entregárselos a otros, sino para que todos compartieran un estándar parecido de pobreza. Una forma original de combatir la desigualdad: igualar a la sociedad por abajo y llamar progreso al resultado.
El éxito de estas ideas no fue fortuito. En la psiquis de muchos venezolanos parece existir una codificación según la cual el bienestar de unos explica la falta de bienestar de otros, como si la riqueza fuera una fuente finita otorgada a unos pocos. Bajo esa lógica, el empresario no crea valor: lo sustrae; el trabajador no intercambia su fuerza por un salario: es víctima de un robo; y la inversión no representa riesgo ni visión: es apenas una forma elegante de explotación.
Esta creencia no es exclusivamente chavista, socialista o izquierdista. Esas etiquetas se han vuelto tan elásticas que sirven para describir casi cualquier cosa: desde un burócrata nostálgico hasta un opositor que habla de libertad mientras propone que el Estado administre todo.
He escuchado a opositores insistir en que el valor del trabajador nunca ha sido reconocido. El ejemplo es el de una planta ensambladora: muchos empleados creen que, sin ellos, los vehículos no salen de la línea de producción. Lo que olvidan es que, sin inversión, tecnología, organización, proveedores, infraestructura y capital de riesgo, tampoco existiría la planta. Si esos trabajadores no estuvieran, probablemente vendrían otros; pero sin millones invertidos, no habría vehículos, fábrica ni discurso sindical.
Otro rasgo distópico es nuestra capacidad de acumular problemas sin aprender de ninguno. No tenemos electricidad por el descalabro del sistema eléctrico; tampoco agua constante, ferrocarril funcional, transporte urbano eficiente ni servicios públicos confiables. Todo lo que toca o administra el Estado termina destruido, y siempre aparece una explicación para ocultar la responsabilidad de quienes gobiernan.
Y, por supuesto, están nuestros políticos electorales: capaces de hablar durante horas sobre el próximo proceso, pero incapaces de explicar cómo reconstruir el país. No son estadistas ni dirigentes generacionales. Solo pretenden administrar la distopía con otras manos, sin admitir que Venezuela necesita una corrección profunda y difícil.
Por eso, muchos opositores prefieren pasar por socialistas de clóset. Temen confrontar ideas arraigadas, no vaya a ser que pierdan su certificado de moderación. Así, en lugar de propuestas ofrecen elecciones; en lugar de una visión, calendarios; y en lugar de reformas, la promesa de cambiar a los administradores del desastre.
Venezuela no necesita otras manos para sostener el mismo edificio en ruinas. Necesita dejar de llamar justicia a la pobreza, igualdad al empobrecimiento y prudencia al miedo de transformar lo que ya demostró, innegablemente, que no funciona.




