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viernes, septiembre 25, 2026
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Rafael Parra Barrios…Premisas para una gestión municipal exitosa

Los políticos tradicionales suelen gobernar con la vista puesta en las próximas elecciones y no en las nuevas generaciones; subordinan la visión estratégica del territorio a intereses clientelares de corto plazo, obviando el auténtico desarrollo local.

​Gobernar un municipio es una tarea tan apasionante como compleja. Constituye una oportunidad única para construir democracia desde las bases, apoyada en dos pilares esenciales: la participación de la ciudadanía y una descentralización efectiva.

Es, a la vez, una responsabilidad incesante, toda vez que los recursos casi siempre resultan insuficientes frente a la inercia del centralismo y a un mar de demandas vecinales que no admiten dilaciones ni pretextos burocráticos.

El ámbito de acción de un gobierno local va mucho más allá del mero bacheo o del cambio de luminarias. Comprende la administración eficiente de los servicios públicos —como el aseo urbano y domiciliario— y la planificación del ordenamiento territorial y ambiental, pero también el compromiso compartido en materias de alto impacto como la salud preventiva, la cultura ciudadana y la educación.

¿Cómo ignorar los dramas humanos y sociales que golpean a diario en las comunidades y rebotan ante las puertas de la casa consistorial?, ¿Cómo desatender la necesidad de atraer inversiones privadas y dinamizar una economía productiva que genere empleos decentes?

La autoridad municipal está obligada a articular soluciones, asumir plenamente sus competencias exclusivas, coordinar las concurrentes y gestionar con firmeza institucional ante los niveles estadal y nacional.

​Quien asuma la conducción de una Alcaldía no puede entender el poder como una plataforma de vanidad o enriquecimiento personal a costa del erario público. El servidor público municipal debe conjugar condiciones éticas y técnicas: probidad, vocación social, transparencia y capacidad ejecutiva.

El gobernante debe ser sensible y riguroso a la vez; conocer a fondo la historia y las raíces de su pueblo, rodearse de equipos técnicos idóneos, caminar los barrios y caseríos, y mantener un diálogo permanente con las organizaciones comunitarias, sectoriales y políticas. Se debe escuchar por igual a la anciana humilde que pide auxilio para su subsistencia y al empresario que busca confianza jurídica e incentivos fiscales para invertir y generar progreso.

​La descentralización debe asumirse como una política de Estado plural, competitiva y moderna. No es un fin en sí misma, sino el instrumento más expedito para transferir poder, desconcentrar decisiones y responder oportunamente a la gente.

La excelencia gerencial solo es posible cuando se parte de diagnósticos comunitarios rigurosos y prioridades consensuadas, producto de jornadas de planificación participativa. Solo así el municipio dejará de ser una oficina de quejas para erigirse en el motor del desarrollo integral y la esperanza de su población.

Leer también: Por siempre, Pablo Flores

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